«No podemos permitirnos el lujo de ser indiferentes. La indiferencia es la forma más insidiosa de la crueldad».
Elena Poniatowska
Hay días en los que la única opción sensata es dar un paso atrás. Apagar la televisión, cerrar las redes sociales, silenciar el ruido de fondo y mantenerse al margen. No es un acto de cobardía ni de indiferencia; es una medida de autodefensa, un ejercicio de pura salud mental y de respeto hacia uno mismo. Vivimos sobreestimulados por un torrente de declaraciones, contradeclaraciones, escándalos de veinticuatro horas y debates estériles que no conducen a ninguna parte. Sin embargo, el silencio voluntario no siempre trae la paz que uno busca. Al apagar el ruido de fuera, el eco de lo que verdaderamente importa se vuelve todavía más ensordecedor. Es imposible desconectar del todo cuando se es consciente de que, detrás de la pantalla, hay millones de familias contemplando el panorama actual sin entender absolutamente nada de lo que está pasando.
Asistir como testigo a la actualidad produce una profunda sensación de extrañeza. El lenguaje que se utiliza en las altas esferas parece el de un planeta lejano. Mientras en las tertulias y los partidos políticos se libran batallas épicas de relato, estrategias de comunicación y cifras macroeconómicas abstractas, la vida real sigue su curso en las calles con una crueldad silenciosa e invisible para los focos. ¿Cómo le explicas el último giro estratégico de un partido a quien no sabe si la semana que viene tendrá un techo bajo el que dormir?
La realidad se mide en la intimidad de los hogares, ahí donde la luz se apaga temprano para ahorrar. Hay miles de familias enteras mirando el calendario con el estómago encogido, contando los días que les quedan antes de que se ejecute una orden de desahucio. Es una cuenta atrás que se vive en la más absoluta e injusta soledad. Es la sensación de vulnerabilidad extrema, de sentir que las instituciones que deberían protegerte te han dejado flotando en el vacío, mientras el resto del mundo sigue girando como si nada ocurriera.
Al mismo tiempo, en la puerta de al lado, nos encontramos con ese laberinto cotidiano en el que están atrapados tantos hogares: el de los números que no cuadran. Madres y padres que hacen encaje de bolillos cada noche frente a una libreta o una aplicación bancaria, devanándose los sesos porque, por más que recorten, simplemente no les dan las cuentas para llegar a fin de mes. No estamos hablando de renunciar a lujos o a vacaciones; estamos hablando de la angustia asfixiante de tener que calcular al céntimo algo tan sagrado y básico como la cesta de la compra para alimentar a tus hijos. Es una violencia silenciosa que no abre informativos, pero que destruye por dentro la dignidad de las personas.
La paradoja que vivimos es tan sangrienta como obscena. En el mismo plano temporal, separados apenas por unos kilómetros de distancia entre los barrios obreros y las declaraciones de quienes se dedican a la política, se desarrollan dos mundos paralelos. En uno se sufre por lo básico; en el otro, la atención y la energía pública se las lleva un espectáculo de baja estofa. Asistimos a una función ininterrumpida de políticos peleándose a cara de perro por un sillón, por mantener una cuota de poder, por blindar sus privilegios o por colocar el último titular ingenioso del día en las redes sociales. Parecen vivir en una campaña electoral perpetua donde el ciudadano solo es un número o un voto, nunca una persona con necesidades urgentes.
Esa desconexión total entre las urgencias de la calle y las prioridades de los despachos es, probablemente, el síntoma más claro de una crisis profunda. Cuando la política deja de ser una herramienta para solucionar la vida de la gente y se convierte en un fin en sí mismo —en un juego de supervivencia de sus propios protagonistas—, el sistema se vacía de contenido. Por eso, cuidar el alma y apartar la mirada por un tiempo no solo es lícito, sino necesario para no volverse loco. Hay que protegerse del cinismo ambiental. Pero una cosa es proteger la mente y otra muy distinta es anestesiar el corazón. Mantenerse al margen del circo político es salud; olvidar el dolor de los que sufren las consecuencias de esa inacción es un lujo que, como sociedad, no nos podemos permitir.
Por eso, aunque respeto profundamente todas las sensibilidades, elijo el silencio frente al debate estéril porque no busco crearme más enemigos de los que ya tengo. El coste de opinar hoy en día es demasiado alto: lidiar a diario con decenas de amenazas y un aluvión inmanejable de comentarios de ultraderecha en mis redes sociales agota a cualquiera. Hace tiempo, cuando vi a Maricarmen saliendo de su casa rodeada de antidisturbios, pequé de ingenuo. Llegué a pensar que un instante tan doloroso sería un punto de inflexión, una sacudida que lo cambiaría todo. Qué equivocado estaba. Viendo el panorama actual, resulta irresponsable e ingenuo consolarse con la idea de que la inminente llegada del fascismo al poder será solo el inicio de una resistencia que los echará en cuatro años. No será así. Esta corriente, cuando llega, lo hace para quedarse, para atrincherarse y blindar una maquinaria brutal de enriquecimiento que luego es casi imposible desmantelar. Lo que queda al final, cuando apagas la pantalla y miras la realidad, es una profunda y dolorosa tristeza.
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