«Nuestras niñas necesitan saber que proceden de largas estirpes de mujeres valiosas, activas y fuertes, aunque las cosas no les fuesen fáciles».
Ángeles Caso
En aquella Gran Canaria de los años cincuenta, que intentaba ahogar el hambre a base de silencio, la casa de Artemio Laguardia se alzaba como un fortín de autoridad incuestionable. Como jefe del Somatén local, Artemio no solo vestía el uniforme de la milicia ciudadana con pistola al cinto que vigilaba el orden franquista; él era la ley, el castigo y el dueño de las voluntades en el barrio.
Dentro de aquellos muros de piedra, la dictadura se replicaba a escala humana, cotidiana y despiadada. Para ella, los días no se medían por las horas, sino por la intensidad del dolor. Las palizas se habían convertido en una rutina casi diaria, un engranaje más de la vida doméstica. Al principio, Artemio buscaba justificaciones para descargar los puños: un potaje que no alcanzaba el sabor exacto que él exigía, una mota de polvo invisible en el aparador, o el simple hecho de haber levantado la vista para mirar a un hombre que pasaba por el camino. Cualquier chispa encendía su furia de patrón. Con el tiempo, la violencia se impuso como una norma común y ya no hicieron falta motivos. Bastaba con que él cruzara el umbral con el ceño fruncido para que el peso de su propia amargura le exigiera demostrar quién mandaba. Los golpes la dejaban quebrada, tendida en las baldosas frías, con el cuerpo tan destrozado que no podía caminar en varios días.
El Fondillo no era el único lugar que temblaba al paso de sus botas y su repulsivo olor a sudor viejo y ron del charco. En los cafés de Vegueta y en las esquinas de mercado se hablaba en voz baja de la verdadera naturaleza de Artemio Laguardia, una fama ganada a pulso en los sótanos del Gobierno Civil y de la comisaría de la calle Luis Antúnez, en los eriales de Los Arenales, donde se le conocía como un torturador implacable y un ejecutor de rojos que no se manchaba las manos de piedad. Aquel hombre que exigía una limpieza pulcra en su hogar y que castigaba una mirada con días de invalidez, lavaba la sangre de sus jornadas de represión en los burdeles de la capital. Era un habitual de las casas de putas de la zona del puerto, donde gastaba el dinero del Somatén entre alcohol de contrabando y mujeres a las que trataba con el mismo desprecio soberbio con el que gobernaba su casa, amparado siempre por la impunidad absoluta que le otorgaba el régimen.
La quietud del barrio de Tafira solo se rompía por el viento y por esos impactos secos que los vecinos preferían no escuchar. Pero doña Carmen, una viuda que vivía a unos pocos metros, conocía de memoria el sonido de la crueldad por haberlo sufrido en sus propias carnes. En esa España, meterse en los asuntos de un falangista con mando era tentar a la cárcel, pero el silencio también quemaba.
Una tarde, aprovechando que Artemio se había marchado a una reunión oficial en Las Palmas, Carmen cruzó el camino con un plato de pellas de gofio y plátano tapado con un paño. Golpeó la puerta con suavidad. Cuando la joven abrió, entornando los ojos por la luz y apenas sosteniéndose en pie, la viuda no hizo preguntas. Le pasó una mano firme por el hombro y la guio hacia la penumbra de la cocina.
—No estás sola, muchacha —le susurró al oído mientras empapaba un trapo en agua fría y vinagre para aliviarle los brazos amoratados—. Las paredes de este barrio son de piedra, pero las mujeres tenemos memoria.
A partir de ese día, Carmen se convirtió en un faro silencioso. No podía enfrentarse a los fusiles ni a los puños de Artemio, pero empezó a tejer una red oculta. Le llevaba ungüentos para las llagas, vigilaba desde su ventana para avisar con un carraspeo si el fascista regresaba antes de tiempo y, lo más importante, comenzó a esconder en su cocina las pocas pesetas que la joven lograba sisar de la compra del mercado. Carmen sabía bien que, para escapar de un hombre que se creía dueño de la ley, el primer paso era tener algo de comer en el estómago, un billete para el próximo barco y un lugar lejano adonde huir.
El correíllo Viera y Clavijo cabeceaba con fuerza en las aguas del muelle de Las Palmas, envuelto en el denso humo negro del carbón. Para ella, cada sacudida del buque era un latido desbocado en el pecho. Llevaba puesto un pañuelo viejo en la cabeza para ocultar las marcas del último golpe que casi la deja sin aliento y, bajo la falda, las piernas le temblaban no por el oleaje, sino por el pánico de ver aparecer la silueta de Artemio en la pasarela.
El plan de doña Carmen había funcionado con la precisión de quien no tiene nada que perder. Habían elegido el alba, aprovechando una noche en la que Artemio se quedó bebiendo con otros mandos del Somatén en el Bar Alemán de la calle Triana después de una ronda de vigilancia. Carmen la había levantado antes de que cantaran los gallos, le entregó el pequeño hatillo de ropa y las pesetas cosidas en el dobladillo de la enagua, y la acompañó por los senderos ocultos del barranco hasta la capital, esquivando las luces de los pocos coches oficiales.
—No mires atrás —le había dicho la viuda al despedirse en las cercanías del puerto, con un abrazo apretado que olía a café y a salvación—.
En Tenerife nadie te conoce. Ve a buscar a mi hermana al barrio de El Toscal, en Santa Cruz. Ella ya sabe qué hacer.
Ahora, con el billete de tercera clase arrugado entre los dedos sudorosos, la joven miraba cómo la silueta de Gran Canaria se iba desdibujando en la bruma de la mañana. Atrás quedaba la casa de El Fondillo, el potaje que nunca estaba al gusto del patrón, las baldosas frías donde tantas veces quedó tendida sin poder caminar y la sombra de un hombre que usaba el nombre de la patria para disfrazar su miseria. El aire del mar, limpio y frío, le golpeó la cara. Por primera vez en diez años, el dolor de las heridas no importaba, porque cada milla náutica la alejaba del asesino y la acercaba, por fin, a ser dueña de su propio cuerpo.
Cuando Artemio regresó a El Fondillo, el sol ya castigaba las piedras del camino. Venía con el uniforme desaliñado, oliendo a tabaco barato, al alcohol de contrabando que había trasegado en los burdeles del puerto y a ese perfume dulzón y rancio que siempre se le pegaba en las sábanas de los prostíbulos. Empujó la puerta con la brutalidad de costumbre, listo para descargar la resaca y la frustración contra el cuerpo de siempre, pero el silencio de la casa lo frenó en seco. No había olor a café, ni ruido de platos, ni una sombra asustada esperando en la cocina. Recorrió las habitaciones arrastrando las botas, gritando un nombre que rebotaba en las paredes desnudas, hasta que el armario abierto y las perchas sin ropa femenina le devolvieron a la realidad. La furia, una rabia ciega de cacique burlado, le encendió la sangre; tiró las sillas al suelo, pateó el aparador y juró por Dios y por la Patria que la encontraría y la molería a palos hasta dejarla sin aire. Pero el silencio de la vivienda seguía intacto, recordándole que, por primera vez en su vida de verdugo intocable, aquella frágil mujer había vencido imponiéndose al horror atávico del franquismo.
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