«El que no sabe es un imbécil. El que sabe y calla es un criminal».
Bertolt Brecht
Quienes llevamos décadas buscando los restos de nuestros padres, abuelos o tíos en las fosas comunes, los pozos de la isla o en las profundidades de la Sima de Jinámar, asistimos a una de las humillaciones más dolorosas de los últimos tiempos. La compra de la finca Las Meleguinas por parte de la Fundación de la UD Las Palmas y su posterior ensalzamiento en el Festival Internacional de Cine de Gáldar no es cultura, ni es memoria compartida: es el blanqueamiento impúdico de un criminal de lesa humanidad.
Resulta insultante leer las notas oficiales de la entidad amarilla describiendo a Eufemiano Fuentes Díaz como un «industrial tabaquero», un «visionario del fútbol» o el «promotor del Estadio Insular». Para la Unión Deportiva, que ha arrastrado a su palco y a los jugadores de la primera plantilla a avalar este despropósito en el Centro Cultural Guaires, Las Meleguinas parece ser un edén de nostalgia, «piedra, luz» y señorío rural. El director del metraje llega a afirmar sin ruborizarse que busca esquivar el crimen para centrarse en el «valor arquitectónico y paisajístico» del palacete. Es la consumación de la amnesia: tratar la guarida del asesino psicópata como un simple monumento de piedra.
Para las familias de los represaliados, el apellido de ese hombre evoca terror, impunidad y camiones cargados de inocentes que jamás regresaron a sus casas. Eufemiano Fuentes no fue un simple civil aficionado al balón. Fue el hombre que dirigió el genocidio fascista en Gran Canaria como líder indiscutible de Falange y de las temidas «Brigadas del Amanecer». Bajo su mando directo se desató una persecución sistemática que dejó a miles de demócratas salvajemente torturados y asesinados en la isla.
No hubo aquí frente de guerra, sino una masacre organizada contra civiles desarmados cuya inmensa mayoría continúan desaparecidos, arrojados a fosas, a pozos profundos y simas volcánicas para borrar el rastro del horror. Mientras él levantaba su fortuna y su imperio tabacalero sobre el terror masivo, nuestras familias quedaban rotas, marcadas por el estigma y condenadas a un silencio forzoso que hoy pretenden perpetuar.
La Fundación de la UD Las Palmas argumenta que la casa pasa ahora al patrimonio de la isla, pretendiendo convertirla en hotel de concentración para los jugadores y sede social. Quieren usar el escudo que supuestamente une a la afición canaria como una gigantesca pantalla de humo. Nos piden que celebremos el origen del club olvidando que la misma mano que firmaba los primeros contratos deportivos venía manchada de la sangre y la desaparición forzada de nuestra gente.
Pero si grave es la amnesia selectiva de la directiva del club, igual de cómplice es el papel del Festival Internacional de Cine de Gáldar al acoger este estreno como su gran apertura. Que un espacio que debería servir para el pensamiento crítico, el arte y los derechos humanos se preste a edulcorar la figura de un jerarca fascista es un despropósito intolerable. Resulta bochornoso ver a las administraciones públicas que financian el certamen —el Ayuntamiento de Gáldar y la Consejería de Cultura del Cabildo de Gran Canaria— aplaudir en primera fila y calificar la finca como un «hito patrimonial» cuyo destino natural era estar en manos del fútbol. El cine y las instituciones públicas no pueden convertirse en el brazo propagandístico del olvido.
Precisamente sobre su secuestro, ocurrido en la madrugada del 2 de junio de 1976 en esa misma finca de Santa Brígida, se ha edificado el mito para presentarlo convenientemente como una víctima indefensa. Medio siglo después, aquel episodio jamás se ha aclarado; una densa opacidad institucional que apesta a maniobra de las cloacas del Estado para proteger al criminal, evitar que rindiera cuentas ante la justicia en una España que despertaba y sepultar para siempre los secretos de la represión fascista en el archipiélago.
Ese cierre en falso sirvió para blindar su impunidad y construir una falsa narrativa de martirio que hoy el documental intenta legitimar. El dolor de su muerte pertenece a su entorno, pero esa bruma jamás podrá eclipsar un historial previo de crímenes de lesa humanidad que siguen sin justicia ni reparación. La memoria histórica no se trocea a conveniencia de los patrocinadores.
Hacer pasar el palacete de un cacique falangista por un símbolo de «orgullo grancanario» es un escupitajo a la Ley de Memoria Democrática y a la dignidad de esta isla. Los clubes deportivos y los festivales de cine financiados con dinero público tienen la obligación moral de respetar a las víctimas. Ningún gol, ningún título y ningún metraje de 40 minutos van a conseguir que olvidemos quién fue Eufemiano Fuentes. La historia real no se borra con el brillo de un festival ni con los colores de una camiseta.
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