19 de agosto de 2026

Las tres rosas de Tecén

«Por favor, Carmen, no te olvides nunca de lo importante… ¡De que tenemos razón! ¡De que estamos luchando por algo que es justo!»

Virtudes González

La noche se había cerrado a plomo sobre el barranco de Tecén. Escondidas en una oquedad entre la maleza y la piedra, las tres muchachas intentaban aguantar el cerco, pero alguien las había delatado. El eco de unas botas aplastando la hojarasca y el haz de las linternas rompieron el silencio de la hondonada.

La voz del sargento Mejías rasgó el aire húmedo: «¡Salgan de ahí si no quieren que las cosamos a tiros!». No hubo resistencia posible. Con las manos arriba salieron a la superficie para encontrarse con las bocas de los fusiles. En el borde del camino vecinal esperaba el coche del mayordomo del conde López Santana, con los faros apagados y el motor en marcha.

Las subieron a empujones. El vehículo empezó a bajar hacia Telde en mitad de una madrugada fría y lluviosa de noviembre de 1937. El chófer detenía la marcha a intervalos fijos en mitad de la oscuridad, en caminos secundarios donde no había testigos, para que los tres falangistas bajaran a las jóvenes del coche.

En el habitáculo, el olor a gasolina se mezclaba con el vaho y el alcohol. Las dos hermanas menores se agarraban de las manos en el asiento trasero. Eran casi unas adolescentes; estudiaban música en el Conservatorio de Tenerife y habían cruzado a Gran Canaria huyendo de las primeras purgas. Sus dedos, acostumbrados al piano y al violín, se crispaban ahora contra el tapizado.—Déjame a mí a la hija de Tejera, hace años que me tiene loco —dijo Mejías, borracho, mientras azotaba con una fusta las nalgas desnudas de María.

Mejías sabía bien a quién golpeaba. María tenía veinticuatro años y era la maestra de la escuela, una de las mujeres que había enseñado a leer al barrio. Mientras el sargento se ensañaba con ella, los otros dos hombres violaban a las estudiantes de música en la cuneta.

Cuando el coche reanudó el viaje hacia la capital, nadie hablaba. Solo se oía el traqueteo de las ruedas sobre el firme y algún sollozo que no lograban contener. Al despuntar el alba, con la ropa destrozada y los cuerpos marcados, las tres llegaron desnudas al colegio de los jesuitas de Vegueta, que las fuerzas rebeldes habían reconvertido cedido por la Iglesia para utilizarlo como prisión y centro de interrogatorios.

Apenas un año antes de que todo se rompiera, las tres muchachas vivían una realidad ajena a cualquier presagio de violencia. En el patio de la casa familiar, María pasaba las tardes corrigiendo los cuadernos de sus alumnos, convencida de que la alfabetización transformaría el futuro de la isla, mientras las dos hermanas ensayaban al piano las piezas que traían del conservatorio de Tenerife, llenando la casa de una música que parecía detener el tiempo. En aquella Gran Canaria de principios de 1936, el porvenir se presentaba como un camino predecible y luminoso, donde la mayor preocupación era sacar adelante los estudios y las clases del barrio. Ninguna de ellas pudo sospechar jamás que esa cotidianidad de aulas, libros y partituras saltaría por los aires en pocos meses, ni que sus vidas terminarían a merced de unos hombres que habían convertido la crueldad en su única ley. Ahora, desnudas y golpeadas en el asiento trasero del coche, el motor se apagó frente a la fachada del colegio de los jesuitas de Vegueta. Ante ellas se alzaban las puertas del centro de detención y tortura más temido de la capital, listas para cerrarse a sus espaldas.

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