21 de octubre de 2026

Milei: Amistades peligrosas

«Si en una mesa hay un nazi y diez personas se sientan a apoyarlo, hay once nazis en la mesa.»

Vuelve la comitiva del histrionismo y la demagogia a pisar suelo madrileño. Javier Milei desembarca de nuevo en España, pero esta vez el guion ha cambiado drásticamente. Atrás quedaron los baños de masas, las condecoraciones y los selfis compartidos con orgullo. Hoy, a las puertas de unas elecciones generales anticipadas el próximo 29 de noviembre, a la derecha y a la extrema derecha patria les ha entrado una repentina amnesia fotográfica. Quienes antes se daban codazos por salir a su lado en los escenarios de Vistalegre, ahora prefieren la discreción de los despachos cerrados y las citas semisecretas. En el PP y en Vox quieren evitar a toda costa que los vean reunidos en público con el nazi presidente argentino; temen el coste electoral de la foto, por lo que la verdadera sintonía la tendrán en la intimidad de las motosierras simbólicas que utilizan para recortar las pensiones y los servicios de las personas más vulnerables.

El motivo de este repentino ataque de pudor es evidente. La marca de la «motosierra» —esa que se vende como el milagro de la libertad pero que en la práctica se traduce en el desguace del bienestar— quema en plena campaña. Feijóo y Abascal saben perfectamente que una foto estrechando la mano del mandatario argentino es un regalo envenenado. Por eso, el líder de Vox opta por camuflar su encuentro bajo el paraguas de la Fundación Disenso, evitando el foco mediático, mientras que en el PP juegan al equilibrismo de siempre: Feijóo se esconde para mantener una falsa imagen de moderación, pero deja vía libre para que la presidenta de Madrid ejerza de anfitriona. Esta vez no habrá entrega de medallas de la falangista madrileña, pero se verán en algún tugurio de la diplomacia paralela donde afinarán bien la estrategia de dejarnos en la indigencia ante el peligro real de un nuevo gobierno de coalición Feijóo-Abascal.

El espejo argentino no es una fantasía lejana, sino el manual de instrucciones que el bloque reaccionario ya aplica con descaro legislativo allí donde suma fuerzas. Sus políticas autonómicas no engañan a nadie: en la Comunitat Valenciana, el pacto de presupuestos impone una ley de prioridad nacional ideada para excluir de los derechos más básicos a la población migrante. En Andalucía y en Castilla y León ejecutan sin miramientos las llamadas Leyes de Concordia, que no son más que un eufemismo normativo para blanquear el franquismo, borrar la memoria histórica y recortar drásticamente el apoyo a los colectivos de víctimas y a los sindicatos de trabajadores. En el plano social y educativo, aprueban decretos de «simplificación administrativa» que, como en Baleares, sirven de coladero para desmantelar la protección medioambiental y favorecer a la educación concertada mientras se asfixia la escuela pública con recortes en plazas y comedores. Es una demolición controlada que privatiza el bienestar, deteriorando lo público hasta el punto de la miseria absoluta para abonar el terreno a sus grandes inversores.

El blindaje estético en esta visita no puede tapar el fondo. A Madrid no viene un referente de la gestión económica; vuelve la maldad, el fascismo y la corrupción personalizada. Milei, que está imputado en una gravísima trama mafiosa de criptomonedas —lo habitual en las gentes de la ultraderecha y la derecha extrema que ven los mercados desregulados como su patio de recreo—, representa la culminación de ese modelo. Su querencia por los experimentos financieros que dejan a la intemperie a miles de ahorradores no es una anomalía: es la esencia de un dogma económico que el eje PP-Vox comparte en secreto. Esta visita exprés no es una simple coincidencia de agenda; es demasiada casualidad. Es un ensayo general en la sombra para coordinar el desguace nacional que se avecina si consiguen asaltar la Moncloa el 29N.

Las coincidencias programáticas entre el modelo de Milei y la agenda que PP y Vox pretenden desplegar en España van mucho más allá de la mera retórica ideológica. Ambos proyectos comparten el mismo manual de asedio al Estado social: una obsesión enfermiza por las bajadas fiscales masivas dirigidas de forma exclusiva a las rentas más altas y a las grandes fortunas, mientras de manera simultánea se justifica el estrangulamiento económico de los servicios fundamentales como la sanidad y la educación bajo la falsa promesa de la eficiencia. Coinciden también en la desregulación laboral salvaje, el desprecio explícito hacia las políticas de igualdad y contra el cambio climático, y la privatización de sectores estratégicos. La motosierra argentina y el bisturí de los recortes de Feijóo y Abascal beben de la misma fuente: un ultraliberalismo despiadado que concibe los derechos ciudadanos más básicos no como conquistas sociales que se deben proteger, sino como privilegios prescindibles que se pueden recortar en el altar del libre mercado.

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