19 de agosto de 2026

Resistencia telúrica

«Antropológicamente, todos fuimos arrojados a la Sima Jinámar.»

José Luis Morales

Sima Jinámar, libro publicado por el periodista canario nacido en Agüimes, José Luis Morales, en un ya lejano 1977, es exactamente un puñetazo telúrico. Durante décadas, el franquismo impuso en Canarias un silencio tan denso como la oscuridad de los abismos volcánicos; la sima era ese agujero negro del que todos sabían pero nadie hablaba. Morales tuvo el coraje de mirar dentro y, en lugar de entregarse al derrotismo o al mero panfleto político, nos devolvió una de las metáforas más potentes de nuestra literatura.

Lo fascinante de Morales es cómo le da la vuelta a la tragedia. Cualquiera esperaría una crónica de la podredumbre, un inventario del horror en el fondo de ese tubo volcánico. Pero no. En sus páginas, los alcaldes leales, los aparceros explotados y las mujeres de las islas no son cadáveres anónimos. Están ahí abajo, sí, pero el autor los describe «más nuevos que nunca». Es una idea brutal: la fosa común no es el final de la historia, sino una especie de crisálida. Morales convierte ese espacio de la muerte en un vientre materno donde la dignidad del pueblo canario se preserva intacta, esperando el momento de salir a pelear otra vez.

Ese realismo mágico, tan atlántico y tan nuestro, es lo que eleva la novela a la categoría de arte mayor. Al conectar la sima de Gran Canaria con «todos los pozos del mundo», la obra deja de ser un lamento localista para convertirse en un grito universal contra la desmemoria. El texto tiene el ritmo de la tierra, la cadencia de la piconera, y una fe ciega en que los criminales de lesa humanidad nunca ganan del todo si alguien mantiene vivo el relato.

La resistencia poética de Morales cobra su verdadero peso cuando se confronta con la singular anomalía del terror franquista en el archipiélago. En Canarias no hubo frente de guerra; la matanza sistemática se ejecutó a sangre fría sobre una retaguardia pacífica y desarmada, convirtiendo la represión en una macabra operación de limpieza ideológica y social. Desaparecer en las islas no requería el estruendo de las trincheras, sino el susurro de las delaciones nocturnas, los paseos forzosos hacia el horror brutal de los centros de tortura o las comisarías de Falange, los muelles de la muerte destino al apotalamiento en los fondos marinos, el horror concentrado en los campos de Fyffes o de Gando, y el uso premeditado de la caprichosa orografía canaria como aliada de los genocidas. Agujeros, chimeneas, grietas volcánicas o pozos de agua, se transformaron en fosas verticales y ciegas, un infierno subterráneo diseñado minuciosamente no solo para exterminar los cuerpos de obreros, intelectuales y alcaldes legítimos, sino para sepultar para siempre el rastro de sus nombres bajo el peso del olvido geológico.

Por todo esto, abrir hoy las páginas de Sima Jinámar no es un mero ejercicio de arqueología literaria, sino un acto de restitución sagrada. En este presente de ruidos y olvidos calculados, la prosa de José Luis se levanta como un faro de toba basáltica que rasga la niebla del encubrimiento. Leer esta novela es escuchar el latido que los verdugos quisieron sepultar bajo las piedras; es descender al fondo infernal no para buscar la muerte, sino para recoger el fuego intacto de los que nos precedieron. Asomarse a este libro es, en definitiva, unir nuestra voz a ese flujo de dignidad que aún asciende desde las entrañas de la tierra, recordándonos que mientras alguien sostenga su memoria, la noche más larga del fascismo se alumbrará de justicia y esperanza.

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