Pintura de Juan Genovés
«Nosotros no podemos olvidar los caídos, los cuerpos segados en la madrugada, cuando el alba dibuja perfiles de plomo y suena el aldabo de la sorda descarga. Quedaron sus nombres escritos con sangre en los muros fríos de la patria amarga.»
Marcos Ana
En el campo de tiro de La Isleta, el ensañamiento psicológico del bando sublevado alcanzaba su punto más cruel con los fusilamientos fingidos. Estos simulacros estaban meticulosamente diseñados para quebrar la resistencia moral de quienes defendían la legalidad de la Segunda República. Aunque las islas no vivieron batallas de frente abierto, la maquinaria represiva en Gran Canaria funcionó con una violencia sistemática y burocrática desde julio de 1936, convirtiendo el territorio insular en un auténtico laberinto sin salida para miles de personas perseguidas, encarceladas o asesinadas por el único delito de pensar diferente.
La puesta en escena en los volcanes apagados del norte de la capital estaba rígidamente calculada. Para que el engaño fuera absoluto, los militares movilizaban el llamado «camión de la carne», el vehículo destinado a transportar los cadáveres reales hasta el Cementerio de Vegueta. El cuadro del terror se completaba con la presencia del capellán castrense, quien, portando una pistola al cinto junto a los óleos sagrados, se prestaba a administrar una extremaunción ficticia que añadía un peso sacralizado a la tortura.
Tras amarrar a los detenidos frente al pelotón, el ambiente se volvía asfixiante. En ese instante de dignidad extrema, muchos reos rechazaban la capucha reglamentaria; preferían sostener la mirada fija frente a las armas de sus captores fascistas. Tras la secuencia de órdenes de ¡carguen, apunten, fuego!, el estruendo de los disparos provocaba la desbandada de las gaviotas de la costa y dejaba a los hombres suspendidos en un vacío absoluto, con los rostros pálidos por la certeza de la muerte. No corría la sangre porque los cartuchos eran de fogueo, pero el trauma los destruía por dentro. Se sabían supervivientes de una ejecución que ya habían sentido en la carne.
Sin embargo, para una inmensa mayoría de la población canaria, la muerte no fue un simulacro. La condición geográfica de la isla la transformó en una ratonera perfecta donde los asesinos no necesitaban un frente de guerra para aniquilar la disidencia. Quienes lograban evadir los fusilamientos de los consejos de guerra eran sometidos a la incautación total de sus propiedades, un sistema de expolio y asfixia económica que dejaba a familias enteras en la miseria bajo el pretexto de «responsabilidades políticas». El horror se extendió incluso a las prisiones y clínicas locales, donde se activó el silencioso robo de bebés de madres represaliadas, entregados a familias afectas al régimen para borrar cualquier rastro de la ideología de sus padres.
La geografía volcánica de la isla pasó a formar parte del aparato de terror. Los cuerpos de miles de desaparecidos no siempre terminaban en las fosas comunes del cementerio. En el norte de la isla, el régimen utilizó los llamados «Pozos del Olvido» en Arucas —como el Pozo de Tenoya o el Llano de las Brujas— entre otros, como gigantescas tumbas verticales donde se arrojaban en secreto a grupos enteros de trabajadores y sindicalistas. Aún más pavorosa fue la resignificación de la naturaleza isleña con la Sima de Jinámar, un profundo tubo volcánico de más de 80 metros de caída que funcionó como el vertedero definitivo de la represión. Muchas víctimas eran arrojadas vivas a la negrura de la tierra en mitad de la noche, asegurando que el laberinto insular devorara sus gritos, su memoria y sus cuerpos bajo toneladas de basalto y silencio.
A pesar del silencio sepulcral impuesto por el régimen durante décadas, la tierra canaria terminó por hablar. Aquel dolor soterrado sobrevivió en el susurro de las viudas y en las cunas vacías de madres que jamás dejaron de buscar. Hoy en día, el eco de los disparos de fogueo de La Isleta confluye con la lucha durante décadas de las familias que, a pie de pozo, de fosa y a la orilla de los tubos volcánicos, rescatan los huesos arrastrados por el olvido. Recuperar cada nombre, cada pertenencia expoliada y cada identidad robada es el único camino para desmantelar, de una vez por todas, aquel laberinto de terror y devolver la dignidad a todos aquellos hombres y mujeres que pagaron con su vida el triste delito de pensar en libertad.
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