El pasado mes de abril junto a mi amigo y hermano Eli.
«El infantilismo de la izquierda consiste en creer que los deseos propios se convierten automáticamente en realidades históricas, confundiendo la agitación con la organización.»
Manuel Sacristán
Hay ausencias que pesan más que la propia tierra. En mi casa, ese silencio tuvo nombre y apellido: el de mis padres, Diego y Lola. Ellos pasaron la vida entera esperando, mirando al suelo con una esperanza que el tiempo iba desgastando día tras día. Se marcharon sin ver esa justicia tan elemental, con la tristeza infinita de morir sin haber enterrado dignamente a los suyos. Su partida a oscuras es hoy mi motor, pero también la espina más profunda en esta última batalla que me toca librar. Tenemos tanto en común las personas con asesinados en una fosa común, que no es difícil entender dónde transita la maldad. Curiosamente, esa falta de sensibilidad no siempre está en los sótanos de la extrema derecha y la derecha extrema; a veces te la encuentras donde menos te imaginas, en la incomprensión de quienes no logran calibrar la fragilidad de nuestra salud ni el peso de un dolor tan antiguo.
En esta, mi última lucha, esperaba después de tantos años un camino más llano y empático para sacar a los nuestros de la tierra. Sin embargo, ese acto de amor hoy se topa en algunos momentos con desidias y actitudes que restan humanidad al proceso. Estos días, al conversar con otras familias que atraviesan este mismo calvario, he vuelto a comprobar que compartimos un latido único. En esos abrazos cansados, pero firmes, se entiende que lo nuestro es un acto de amor puro, completamente alejado de las viejas consignas de una rancia izquierda que a veces instrumentaliza el dolor. Lo nuestro no es únicamente ideología; es el derecho universal y humano de quienes solo quieren recuperar los restos de sus seres queridos. Es la necesidad tan legítima de tener, por fin, un lugar físico donde rezarles, o sencillamente llevarles flores y esas caricias eternas e invisibles que son capaces de atravesar el tiempo y la distancia.
Llegar hasta aquí no ha sido un golpe de suerte, sino el resultado de un proceso de tantos años, un camino largo y escarpado lleno de aportaciones desinteresadas y sufrimientos compartidos que solo nosotros y nosotras conocemos. Han sido décadas de lucha contra la indiferencia, de desvelos y de acumular fatigas. Por eso, la inminencia de esta excavación no es un trámite más; es un acontecimiento que despierta la esperanza contenida de cientos de familias que, al igual que yo, miran hoy la tierra con el corazón en un puño, sabiendo que el momento de la verdad está por fin cerca.
Quien no conozca este dolor puede pensar que excavar una fosa es un acto de rencor. Qué poco entienden. Lo que se respira al borde de la tierra abierta es una ternura infinita. Es el amor puro de quienes tomamos el testigo de gente buena para cumplir una promesa que a ellos la vida les negó. Es buscar el abrigo, el nombre y la paz para personas a las que les quitaron todo, menos el recuerdo de los suyos.
Recuperar sus cuerpos no es remover el pasado; es rescatar nuestra propia dignidad y honrar a los que pasaron su vida esperando. Cada resto que vuelve a la luz es un abrazo que llega tarde, pero que repara la ausencia de generaciones enteras. La memoria es otra cosa; no puede jamás estar basada en el odio o el interés, ni convertirse en un fango de vanidades o de siglas. Debe ser piedad. Solo cuando logremos rescatar del olvido a nuestros muertos, descansarán por fin mis padres, la tierra dejará de estar fría y podremos, al fin, respirar en paz.
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