“No hay descanso para la memoria. No lo hay. Porque a esta historia, como a la boca del volcán, no se le termina de ver el fondo. Caminamos por el borde. Todos”.
Nadia Jiménez Castro
La caída era un viaje al fondo de la noche. Un puñado de segundos que se dilataban hasta parecer siglos, balanceándose entre el aire frío y el roce violento contra las paredes de piedra volcánica, ásperas y habitadas por el aleteo ciego de las palomas. Dependía de las ganas que tuvieran ellos de acabar rápido. Si decidían ahorrarse el tiro en la nuca, te empujaban con saña al vacío: un vuelo de espaldas de ochenta y cinco metros hacia las entrañas de la tierra, la misma distancia que separa el suelo de la azotea de un bloque de veintisiete pisos.
Abajo, en la negrura absoluta de la Sima de Jinámar, la única tregua posible contra una muerte instantánea era una trampa de espanto: caer sobre el montón de los cuerpos que te habían precedido. Romper el impacto contra la carne templada de tus vecinos, de tus compañeros de sindicato, de tus amigos de bando.
Eso le ocurrió a uno de ellos. Lo supieron décadas después, en los años sesenta, los pocos que se atrevieron a bajar en secreto a ese pozo del olvido. Sus huesos no estaban con los demás. Aparecieron a unos cien metros del montón principal, pegados a la roca viva. Los rastros mudos de su esqueleto contaban una historia de supervivencia desesperada: el hombre no murió en el golpe. Con las articulaciones deshechas, arrastrando las piernas rotas sobre un reguero de su propia sangre, logró reptar por el lodo y las piedras hasta el abrigo de la pared.
Allí pasó sus últimos días, a oscuras, sin una gota de agua que llevarse a la boca, devorado por la fiebre y la sed. Su único vínculo con el mundo de los vivos debió de ser esa claraboya de luz blanca, allá arriba, en la boca de la chimenea volcánica; un círculo lejano que miraría fijamente con la vana esperanza de ver asomarse un rescate. Fue una agonía lenta, midiendo el tiempo por el dolor de sus huesos y el eco que bajaba del exterior. Desde el fondo de su tumba, antes de que el hambre le apagara los ojos, tuvo que escuchar el rumor de la caminata de la muerte: el arrastrar de botas y los lamentos de los que venían subiendo a pie, en un calvario de media hora desde los terrenos de la finca de los Ascanio. El mismo lugar que hoy, en un macabro giro del destino, acoge risas, música y banquetes para celebrar bodas, bautizos y fiestas de diseño. Arriba, el eco amplificado de los gritos de los siguientes en caer, las detonaciones secas de las pistolas Astra y el golpe sordo de los nuevos cadáveres rompiendo el silencio del abismo.
En Gran Canaria, el horror no necesitó trincheras ni frentes de batalla. El golpe de Estado de julio de 1936 triunfó casi de inmediato, convirtiendo la retaguardia de la isla en un laboratorio de exterminio sistemático, un auténtico genocidio civil ejecutado a sangre fría. No hubo bajas de guerra; hubo «sacas» nocturnas, listas negras y cacerías humanas orquestadas por falangistas y brigadas del amanecer contra alcaldes, maestros, jornaleros, sindicalistas y cualquiera que oliera a democracia o progreso.
La geografía de la isla se transformó en una red de fosas naturales sin lápidas. El mar se tragó a cientos de personas en las llamadas «sacas de la mar fea», arrojadas vivas o apotaladas desde falúas en mitad de la noche. En el norte, los pozos de agua de Arucas y Tenoya se sellaron con cal viva tras sepultar decenas de cuerpos. El objetivo de los golpistas no era solo eliminar físicamente al adversario, sino instaurar un régimen de terror paralizante que borrara el rastro de los desaparecidos, dejando a las familias en un limbo de silencio y miedo que se prolongó durante generaciones.
Al final, cuando el estruendo de los disparos y los cuerpos al caer se fue apagando en la superficie, el silencio regresó a la roca. En aquella negrura mineral, al hombre ya no le quedaban fuerzas para arrastrarse, ni voz para gritar, pero mantuvo los ojos abiertos, fijos en el lucero pálido de la boca de la sima. Dicen que el cuerpo olvida el dolor justo antes del último suspiro; tal vez por eso, en sus instantes finales, el frío de las piedras se volvió un abrazo y el eco lejano de las palomas se transformó en el rumor del mar de su isla. Murió despacio, abrazado a su propia sombra, mientras la luz de la chimenea volcánica se iba tiñendo con el primer azul del amanecer, como si el cielo, en un acto de piedad tardía, bajara a buscarlo para sacarlo de las entrañas del olvido.
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