«El pensamiento occidental sigue intentando evangelizarnos, ya no con la cruz de madera, sino con el dogma del progreso y la conversión a su modelo de consumo, que destruye nuestra memoria».
Ailton Krenak (Líder indígena, filósofo y escritor brasileño)
Quienes conocimos de cerca la realidad de los territorios indígenas hace décadas vimos nacer los cimientos de lo que hoy sufrimos a gran escala. A finales de los años noventa y principios de los dos mil, recorrer el noroeste argentino significaba toparse con una estampa demoledora: en cada comunidad nativa se levantaba una iglesia evangélica, mientras a pocos cientos de metros avanzaban los asentamientos de colonos destruyendo la foresta, los territorios sagrados de los antepasados. En esas chabolas de madera se vendía alcohol puro en botellines a los nativos para romper el tejido comunitario, mientras niñas originarias menores de edad rondaban las mesas ejerciendo la prostitución a cambio de un plato de comida o unas monedas. Lo que parecía una tragedia local era el laboratorio de un plan de sometimiento mucho más ambicioso.
Con los años, este avance del evangelismo en Latinoamérica ha dejado de ser solo una cuestión de fe para convertirse en el motor político de la ultraderecha actual. Aquellas misiones que primero desactivaron la resistencia indígena mediante la culpa y la sumisión espiritual, hoy se han transformado en redes masivas que quitan y ponen gobiernos. Esta corriente religiosa radical se ha aliado a la perfección con el neoliberalismo más salvaje, la motosierra, las reformas, los recortes, el final de las pensiones, la destrucción de la sanidad pública, sirviendo de base electoral para justificar el despojo de la tierra, perseguir el feminismo y los derechos LGTBIQ+, y encumbrar a líderes autoritarios que imitan el modelo imperialista de Donald Trump.
Esta conexión es la que explica la política actual en la región. Lo vimos en Brasil con el ascenso de Jair Bolsonaro apoyado por la llamada «bancada evangélica», y lo vemos hoy en Argentina con Javier Milei. Aunque Milei utiliza una retórica económica distinta, sus alianzas políticas dependen directamente de estos sectores conservadores y religiosos que manejan los barrios más humildes y las zonas rurales. Estos movimientos usan la fe para convencer a las clases populares de que los recortes sociales, la pérdida de derechos laborales y la privatización de la naturaleza son «mandatos divinos» o caminos hacia la «libertad». Al final, las iglesias evangélicas actúan como el brazo social que frena la protesta de los trabajadores mientras los grandes fondos de inversión y los terratenientes se quedan con los recursos del país. Lo que empezó destruyendo comunidades en los márgenes de la selva hoy es la herramienta perfecta de la ultraderecha para desmantelar la democracia desde dentro.
Detrás de todo este entramado se esconde la estrategia imperialista de Donald Trump, diseñada para someter a América Latina bajo el control total de Washington. El trumpismo utiliza la fe evangélica como un arma geopolítica para imponer gobiernos sumisos en la región, capaces de abrir las puertas al saqueo de sus recursos naturales y energéticos. A cambio del apoyo político del gigante del norte, líderes como Milei alinean a sus países con los planes internacionales de Estados Unidos, lavando la cara a políticas de exclusión y opresión social. Esta alianza entre el fanatismo religioso y el imperialismo estadounidense no busca salvar almas, sino asegurar la dominación económica, destruyendo la soberanía de los pueblos y los derechos de la clase trabajadora a ambos lados del océano.
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