22 de septiembre de 2026

Debo partirme en dos

«(…) Hoy en el tren un hombre me decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él pero también por mí.»

Rodolfo Walsh – Carta a Vicky (Fragmento)

Cuando me siento a escribir sobre la represión franquista en la isla donde nací, algo por dentro me indica el camino. No es nada paranormal, aunque a veces roce los linderos de la escritura automática. Como buen agnóstico, no soy de creencias infinitas; considero, simplemente, que el universo en su inmensidad guarda secretos que jamás conoceremos, formas de vida y energías que no se pueden encajar en nuestros limitados cerebros. Pero hay una energía terrenal que no puedo ignorar: la memoria de quienes fueron asesinados por defender la democracia y los derechos de la clase trabajadora. Son ellos quienes me impulsan. Es por ellos que no puedo parar de escribir.

A menudo me lo replanteo: ¿qué necesidad tiene uno de sufrir? Excavarse el pecho para desenterrar el horror ajeno pasa factura. Seguramente acabaré en algún momento escribiendo de otros temas —historias, vivencias noveladas, biografías de otras personas de esta tierra—. Tengo ya proyectos elaborados sobre la mesa, pero la memoria me puede. Siento la necesidad imperiosa de intentar que ninguna de las miles de personas asesinadas en estas islas se quede sin voz. Sé que es una utopía, que se necesitarían varias vidas para colocar a cada una en su justo lugar. Y, sin embargo, aquí sigo.

Sorprende que alguien que casi no hace presentaciones de repente meta a cientos de personas en una sala. Son seres desconocidos en su mayoría; gente consciente que, estoy seguro, también busca una explicación a tanto terror, tanto crimen, tanta tortura silenciosa. Lo he comprobado en mi recorrido por distintos rincones de Canarias o del estado español, como me ocurrió al visitar la Casa de José Saramago en Lanzarote. Son tantas las vivencias, los abrazos y las conversaciones tras cada evento, que a veces me invade el deseo del trovador: «Yo quisiera cantar (escribir) encapuchado, para así confundirme a vuestro lado».

Pero sé que sería una locura. Por eso, valoro una decisión para mi próximo libro, que verá la luz este noviembre: seguramente no lo voy a presentar. Esta vez he elegido encapucharme de otra manera. Deseo que el libro se presente solo en cada casa, que sea él quien recorra, en silencio y sin intermediarios, los caminos perdidos de la esperanza.

Dentro de cien años, o tal vez más, cuando mis manos sean solo polvo y olvido, alguien abrirá cualquiera de estas páginas en algún rincón del planeta. Quizás sople el alisio o el mar golpee con la misma insistencia de hoy. Ese lector del futuro se detendrá ante un nombre, ante un crimen remoto, y sentirá un leve escalofrío, una vibración extraña que no sabrá explicar. Se hará preguntas. Buscará en el silencio de su época las razones de tanto terror antiguo, pero también hallará el hilo invisible de la dignidad que nos unió. En ese instante exacto, la cápsula del tiempo habrá cumplido su viaje: el encapuchado del pasado volverá a hablar, y los caminos perdidos de la esperanza pertenecerán, por fin, a los vivos del mañana.

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