7 de octubre de 2026

La odisea de Fernando «El Mudo»

«La violencia convierte en cosa a quien está sujeto a ella, pero el espíritu que se niega a entregarse exalta al ser humano en mártir o héroe».

Simone Weil

El agua del estanque de La Higuera Canaria, nunca estaba limpia del todo, se percibía cubierta de un manto verde de limo. Era una masa densa y estancada que reflejaba las hojas de los naranjeros y el cielo pesado del mediodía. Antes de que el fango se lo tragara todo, aquel lugar era el centro de sus juegos de infancia. Los dos hermanos pasaban las horas persiguiendo lagartos entre las piedras calientes de las acequias o compitiendo por ver quién lanzaba más lejos las piñas secas de los pinos. Aquella tarde, el juego se volvió más silencioso y preciso. Habían encontrado una caña larga y seca y se propusieron el reto de estirarse bocabajo sobre el brocal de piedra del estanque, desafiando la gravedad con las costillas pegadas al borde, para intentar tocar el fondo lodoso y medir su profundidad. Fernando, que entonces era un niño muy pequeño, observaba divertido los pies descalzos de su hermano mayor balanceándose en el aire mientras este se estiraba un centímetro más. Hubo un deslizamiento sutil, un raspón de las rodillas contra la piedra áspera, un chapoteo seco y luego el vacío. El hermano no gritó; el impacto contra el agua verdosa le robó el aire de golpe. Solo sacó las manos a la superficie, dos palomas desesperadas que arañaban el agua densa antes de hundirse en la profundidad más oscura. Fernando cayó de rodillas y abrió la boca. Escuchaba perfectamente las pisadas apresuradas y los gritos rotos de los vecinos que acudieron a sacarlo del fondo, pero cuando intentó romper a llorar o pedir auxilio, el aire se le congeló en el pecho y la voz se le quedó trabada en la garganta para siempre.

Desde esa misma tarde, el silencio se instaló en su casa y en su vida, y no volvió a articular una sola palabra. Sin embargo, en los años posteriores de lucha por los derechos de los trabajadores de la tierra y los almacenes, ese mutismo no fue un vacío ni una limitación, sino un pilar inamovible para el sindicato. Juan del Peso Díaz Corralejo, José Artiles Viera, Juan Santana Ascanio y Juan Santana Hernández no solo eran sus compañeros de militancia, sino sus amigos personales más cercanos. Juntos formaban un bloque único, un engranaje perfecto en las reuniones de los comités clandestinos. El pacto implícito entre ellos era de una sencillez absoluta: los dos Juanes, José y el otro Santana ponían las palabras, la oratoria frente a los patronos, las consignas y la defensa de la jornada laboral y el salario justo ante las asambleas populares. Pero ninguno daba un paso definitivo sin consultarlo antes con la mirada profunda y sabia de Fernando. Sentados alrededor de mesas bajas iluminadas por velas y candiles o escondidos entre la humedad de los cañizares de los barrancos, bastaba con que Fernando asintiera levemente con la cabeza para que los Santana se levantaran a liderar la huelga. Ellos eran su voz en la plaza pública; él era la balanza ética y la templanza de las decisiones más difíciles.

Esa complicidad fraterna saltó por los aires la noche en que la represión llamó a su puerta. A Fernando lo detuvieron en agosto del 36 sin que mediara un Consejo de Guerra, sin proceso judicial militar alguno, ni un solo papel oficial que justificara su arresto. Sencillamente tiraron la puerta abajo de madrugada, lo sacaron a empujones a la calle descalzo y lo subieron a la fuerza en el cajón de madera de un camión gris repleto de hombres sin rostro. Era el mismo vehículo que el pueblo entero escuchaba pasar entre las sombras de la noche, aquel que utilizaban las patrullas para hacer desaparecer a los republicanos locales, arrojándolos a los pozos profundos y a las grietas volcánicas.

Fernando esperó durante los primeros kilómetros el traqueteo del motor hacia el horror del abismo de la Sima Jinámar. Pero, por extraños motivos que nunca llegaron a conocerse, el fotingo cambió bruscamente de rumbo en mitad de la noche, tomó la carretera de la costa y lo dejó en el patio de la comisaría de Falange, instalada provisionalmente en las dependencias del Colegio de Los Jesuitas, en el barrio colonial. Allí lo encerraron en los sótanos durante quince días interminables. Las torturas a las que fue sometido fueron de una crueldad brutal. Los falangistas, enfurecidos y desconcertados por su mutismo absoluto, descargaban su saña sobre él pensando que su silencio era una muestra de desprecio político, un desafío directo a la autoridad o una estrategia milimetrada para no delatar las redes de resistencia obrera de Telde. Le partieron las piernas a golpes con las barras de hierro y las culatas de fusil, buscando arrancarle nombres y direcciones que Fernando físicamente no podía pronunciar, aunque la muerte fuera el precio de su voz perdida. Cuando terminaron con las sesiones de interrogatorio, creyendo que no sobreviviría a las heridas y al dolor, lo trasladaron de madrugada y medio muerto al Hospital San Martín.

Pasó semanas con las piernas destrozadas, envueltas en escayolas toscas y rígidas sobre la cama, bajo la vigilancia de las monjas que pasaban de largo santiguándose ante el enigmático y silencioso preso político. Fue allí, a través de los susurros apagados que traían los pasillos y el comentario discreto de un enfermero amigo que limpiaba las salas, donde se enteró de la peor de las noticias: Juan del Peso, José Artiles y los dos Juanes Santana habían sido conducidos al campo de tiro de La Isleta para ser ejecutados. Cuatro descargas fusilaron parte de la incipiente resistencia de Telde y los cuerpos terminaron enterrados en la fosa común del cementerio de Vegueta. Fernando se quedó completamente solo en su camastro, con el dolor inmenso de cuatro muertes nuevas sumadas al trauma antiguo del estanque, todas sepultadas bajo el mismo silencio espeso, pesado e indestructible.

En cuanto pudo sostenerse mínimamente en pie, apoyándose en las paredes, lo sacaron del hospital y lo enviaron encadenado al campo de concentración de Gando. Pasó unos cinco años preso en aquel desierto de alambradas, rodeado por la arena asfixiante, el viento del sur y las jornadas de trabajos forzados bajo el sol. Fue precisamente en ese infierno de degradación donde se ganó el afecto y el respeto absoluto del resto de los cautivos. Al no tener la capacidad de hablar, su profunda humanidad se manifestaba a través de gestos mínimos y cotidianos. Era asombroso ver cómo su mirada lograba transmitir un consuelo y una firmeza que otros hombres no conseguían alcanzar ni con cien palabras de aliento. Si un preso joven regresaba quebrado del calabozo de castigo, sin fuerzas para seguir viviendo, Fernando se arrastraba hasta el suelo del barracón, se sentaba a su lado y le sostenía los ojos con un peso mineral y sereno que infundía calma y dignidad. Si alguien desfallecía por el hambre extrema de los racionamientos, él empujaba su propio cuenco de rancho aguado con un leve movimiento de barbilla, rechazando cualquier agradecimiento. Miraba de frente a los cabos de vara, con unos ojos tan limpios, fijos y desarmados que los uniformados acababan siempre por desviar la vista, intimidados por la entereza de un hombre despojado de todo y que no tenía nada que perder.

Pasaron los cinco años de cautiverio y las puertas de Gando finalmente se abrieron y lo dejaron marchar. El regreso a Telde fue un calvario lento por caminos de tierra batida y piedras sueltas, bajo la mirada desconfiada de los pistoleros de Falange y el polvo flotante del sur que empañaba los campos de tuneras. Fernando Florido avanzaba despacio, cojeando ostensiblemente y apoyando todo su peso en un bastón de madera de acebuche. A su paso, los cultivos de plátanos y las acequias de Telde se presentaban exactamente iguales que antes del golpe fascista, pero el pueblo estaba habitado por fantasmas y por el recelo sembrado en cada esquina. Nadie se atrevía a saludarlo abiertamente por miedo a las represalias, aunque los viejos jornaleros agachaban la cabeza a su paso en señal de reverencia silenciosa.

Al torcer la esquina de la callejuela que subía desde los almacenes de tomates, una figura enlutada detuvo sus pasos frente a él. Era la madre de los Santana, envuelta en un pañuelo negro que le tapaba las sienes y con los ojos gastados de tanto llorar a escondidas. La mujer miró de reojo a ambos lados de la calle vacía, temerosa de los ojos de los delatores tras los visillos de las ventanas, y se acercó a Fernando dando un paso titubeante. No hubo palabras entre ellos. Ella estiró una mano temblorosa, curtida por el trabajo de la aparcería, y le apretó el brazo con fuerza, buscando en el superviviente el último rastro vivo de sus hijos. Fernando la miró fijamente. En sus ojos cansados, la anciana no encontró el horror de los campos ni el vacío de la derrota, sino la viva imagen de las noches clandestinas en los cañizares, el eco de las risas de los Juanes antes de que la noche se los tragara y una promesa inquebrantable de lealtad. Una lágrima solitaria surcó la mejilla de la mujer antes de dar media vuelta y perderse deprisa bajo el arco de una casa, aliviada por haber encontrado un refugio de dignidad en mitad del horror.

«El Mudo» se reincorporó sobre su bastón y continuó la marcha hacia las calles de su infancia. Se detuvo frente a los portones cerrados de las naves donde solía reunirse con la Federación Obrera. El paisaje seguía en pie, el sol de la tarde golpeaba las fachadas encaladas y las hojas de los árboles crujían con el mismo viento de siempre, pero el pueblo estaba definitivamente vacío de las voces de Juan del Peso, de José Artiles y de los dos Juanes Santana. Se acomodó la madera bajo el brazo, respiró el aire familiar de la vega y miró hacia el horizonte. No le quedaban palabras en la boca ni amigos con quienes compartirlas, pero sus ojos seguían limpios, invictos y llenos de una memoria que nadie había podido vencer.

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