«El neoliberalismo es el ataque más peligroso a la democracia porque no solo desmantela las instituciones, sino que convierte al propio ser humano en una empresa que debe competir hasta la extenuación.»
Wendy Brown
Vencer no siempre es convencer; a veces es, simplemente, ocupar el espacio que el cansancio o la desmemoria dejan en el triste limbo del olvido. El próximo 29N se perfila en mi horizonte como una de esas fechas marcadas en el calendario de la incertidumbre, un día en el que las urnas podrían certificar el avance de una corriente que leo, inevitablemente, en clave de retroceso. Para quienes sostenemos el pulso de la conciencia de clase, el panorama que se dibuja nos resulta dolorosamente familiar: nos enfrentamos a la amenaza de ver multiplicada, como si veinte réplicas de Ayuso gobernaran el Estado español, una gestión que prioriza el saqueo generalizado de lo público, el individualismo y el enriquecimiento ilícito de unos pocos sobre el bienestar de la mayoría. Es la sombra de una política de narcos que desvisten lo que nos pertenece a todas para vestir el privilegio, y que se traducirá, de inmediato, en medidas anti-obreras destinadas a precarizar nuestras vidas.
Pero mi memoria —nuestra memoria colectiva— tiene la piel dura, curtida en mil batallas y acostumbrada a las largas travesías por el desierto. No nos asustan sus victorias temporales porque sabemos que, al igual que cayeron en 2023, pueden volver a caer. «El miedo era verde y se lo comió una cabra», me decía siempre mi padre Diego en las noches de truenos en Tamaraceite desde detrás de sus ojos; unos ojos que arrastraban el peso de haber sufrido en carne viva todo el horror del fascismo. De él aprendí que el temor es una ficción que se disuelve cuando se planta cara.
Ese hilo invisible, que une el dolor de su pasado con la resistencia de mi presente, es el que veo latir hoy en cada plaza del Estado. El recambio de tanto amor desesperado no está en los despachos; está en esa buena gente que hoy acampa bajo el cielo raso. Ya no son solo tiendas aisladas contra la intemperie; son auténticas microciudades de dignidad organizada que han brotado en la Puerta del Sol, en Plaza Catalunya, en Sevilla, en Zaragoza, en Valencia… Allí, en el corazón del asfalto, una nueva generación levanta comisiones de alimentación, asambleas que desafían la lluvia y comités de barrio que canalizan la rabia. Están demostrando que la indignación no es un arranque pasajero, sino una estructura colectiva capaz de plantar cara a la mafia criminal de los fondos buitre y al desahucio de nuestras vidas, empujando con fuerza hacia una huelga general que paralice su codicia.
Sé que la respuesta más contundente, la única capaz de detener este avance reaccionario, no nacerá de los despachos ni de los grandes discursos institucionales, sino de la calle. La movilización popular es nuestro primer escudo. Después, con la misma firmeza, nos tocará a cada una depositar el voto en la urna, apostando por opciones nítidamente alejadas de estos «núcleos nacionales» de fascistas que hoy caminan sin miedo y sin complejos queriendo gobernar este país de Alicias desahuciadas de sus maravillas.
Y si ganan, que les quede claro: seguirán sin convencer. Aunque el reloj juegue en contra y me tiemble el alma al pensar que el tiempo se agota, que la burocracia o el olvido nos impidan llegar a tiempo a los huesos justos que aún esperan en la fosa común de Vegueta donde sigue mi abuelo junto a decenas de demócratas asesinados, mantengo una certeza inquebrantable. Si la vida no me alcanza y muero antes de ver ese día, sé perfectamente que otras compañeras estarán allí. Estarán en ese momento de justicia y gloria eterna a pie de fosa, devolviendo la historia a su lugar y repartiendo dignidad en pequeñas cajitas envueltas en la bandera de la justicia. Su victoria de hoy, si ganan, será solo arena entre los dedos; nuestra memoria es de piedra. No pasarán.
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