24 septiembre 2021

Abismo de sal

2018, momento en el que fue detenido el ex brigadier del Ejército Miguel Krassnoff uno de los gestores de "los vuelos de la muerte" en Chile (Infobae). En España y Canarias los asesinos fascistas causantes de cientos de apotalamientos en el mar murieron en sus camas.

«Al océano tiraron a miles entre Tenerife y Gran Canaria, barrios enteros como el de San Andrés fueron apotalados, obreros comunistas, anarquistas, socialistas, desaparecieron para siempre bajo el mar, el verdadero cementerio de los desaparecidos es marino».

Pedro Cabrera Hernández

Justo cuando tiraron al mar a José Luis Ramos el sacó se rompió por el oleaje, miró sus manos y las cuerdas que milagrosamente estaban casi sueltas, por lo que fue fácil desatarse las piernas de la soga de pitera clavada en su carne.

No sabía donde estaba ni a que distancia de la costa, ya que en la vieja barquilla de los ingleses los llevaban con los ojos vendados, solo vio a unos treinta compañeros todos amarrados, destrozados por la tortura en Las Palmas.

Rememoró como los llevaron en un camión hasta el muelle pesquero para meterlos como si fueran ganado en la embarcación, vio a los falangistas que los custodiaban, todos hombres de la zona de La Isleta y el Puerto, «los niños de Juan Pintona» los llamaban, una piara de fascistas acostumbrados a la bronca, a las agresiones salvajes en manifestaciones obreras, siempre en defensa de los poderosos terratenientes agrícolas.

El agua estaba muy fría, el cuerpo le temblaba mientras buceaba en la oscuridad hacia lo desconocido, lo único bueno era que el agua salada sanaba su cuerpo repleto de heridas, de brechas terribles de los latigazos con la pinga de buey.

Mientras nadaba hacia ninguna parte notaba caer los bultos en sacos de sus camaradas, sacos que se hundían en movimientos desesperado, convulsos por el ahogamiento, por esa caída veloz hacia el abismo infinito del océano.

Sintió mucha rabia en esos minutos de agonía por no poder ayudar a los amigos que se estaban ahogando, pero solo le quedaba salvarse él, intentar liberar otros sacos le hubiera costado la vida, estaba muy débil y solo le ayudaba haber sido nadador de competición durante tantos años, eso le hacía resistir sin respirar bajo el agua, nadar y nadar sin dirección, ni siquiera sabía si se estaba dirigiendo hacia la barquilla de nuevo.

En un instante se hizo el silencio, vio un rayo de sol minúsculo alumbrando la inmensa profundidad, ya no había más nadie hundiéndose en las bolsas de plátanos de los Elder y Miller, ya no se escuchaba el traqueteo repetitivo del barco de dos proas, incluso pudo visualizar las figuras de peces gigantescos, no eran tiburones, tal vez samas enormes o atunes rojos.

Salió a la superficie y vio las luces de lo que parecía ser el entorno de la Playa de Triana, habían ido hacia el sur de la isla para tirarlos al mar, el creía que estaban destino Tenerife atravesando la península de La Isleta, pero estaban como a tres kilómetros de la costa, para él experto nadador aquello no era casi nada, solo se concentró en la respiración y en su especialidad que era la braza, hasta llegar a las primeras rocas de una libertad enjaulada.