«Como maquis tuve unas cuantas madres y hermanos.»
Camilo de Dios, uno de los últimos supervivientes de la guerrilla gallega, recordando el apoyo vital de los enlaces civiles.
El sargento de la Guardia Civil de Telde no miró a la muchacha. Tenía los ojos fijos en el hombre, que apenas lograba sostenerse en pie mientras dos agentes lo sacaban a rastras por el umbral de piedra.
—¡Pero cómo se lo van a llevar así! ¿No ven que se está muriendo? —le gritó ella, con la voz rota por la desesperación.
El viento de la cumbre bajaba frío aquella tarde, batiendo las copas del primer pinar que se alzaba a espaldas de la casa solitaria. Entre Lomo Magullo y la cordillera no había vecinos que pudieran oír sus gritos, solo bancales vacíos y el eco de los pasos firmes sobre la tierra seca.
—Cumplimos órdenes, muchacha. Apártese —respondió el sargento, con una frialdad blindada por los años de servicio. Su mano derecha descansaba sobre la cartuchera del cinto, un gesto mecánico pero intimidante.
El padre, un hombre que un día fue fuerte y de hombros anchos por el trabajo en los campos de los poderosos dueños de la isla, ahora parecía un saco de ropa vieja. Su respiración era un silbido agónico que se perdía en el aire de la montaña. Sus pies descalzos se arrastraban por el polvo, dejando dos surcos paralelos en el camino.
La joven corrió tras ellos. El barro de la última lluvia le manchaba las enaguas, pero no le importó. Intentó agarrar la manga del sargento, un acto de audacia desesperada que fue respondido de inmediato. Uno de los guardias la empujó con el cuerpo, obligándola a retroceder y caer de rodillas sobre la maleza.
—¡Padre! —chilló, viendo cómo el grupo se alejaba hacia el sendero principal, donde esperaba el vehículo oficial.
El anciano giró levemente la cabeza. Sus ojos, nublados por la fiebre y la cercanía de la muerte, buscaron a su hija por última vez. No hubo palabras, solo un leve movimiento de labios que el viento borró antes de que llegara a su destino. La detención violenta continuó su curso, ajena al dolor, devorada por el silencio inmenso de las cumbres de Gran Canaria.
El sargento detuvo el paso a unos metros del camino principal, dándole la espalda al pinar. Sacó un papel doblado del bolsillo de su guerrera, pero no se lo mostró a la muchacha. No hacía falta. En aquella frontera desolada entre Lomo Magullo y la cumbre, todos sabían perfectamente qué delito se pagaba con la vida.
—Su padre está acusado de auxilio a los huidos y de traición —sentenció el sargento, con una voz que pretendía cerrar cualquier espacio a la réplica—. Ha estado pasando víveres, mantas y tabaco a los alzados que se esconden arriba, en las cuevas de la caldera.
La chica sintió un golpe frío en el pecho. Sabía que era verdad. Durante meses, a pesar de la tos que le destrozaba los pulmones y de las piernas hinchadas que apenas le respondían, su padre se había levantado de madrugada. En el más absoluto silencio de la noche canaria, dejaba un hatillo con millo, gofio y queso en los límites del sendero de los pinos. Lo hacía por pura humanidad, porque los que estaban arriba pasando hambre y frío eran vecinos del pueblo, jóvenes de Telde y Valsequillo que habían escapado a la cumbre para salvar el pellejo.
—Él solo comparte lo poco que tenemos… —alcanzó a susurrar ella, tratando de limpiar las lágrimas de sus mejillas—. No es ningún criminal.
—Eso se lo explicará al juez militar en Las Palmas. Si llega vivo, claro —repuso el sargento sin rastro de piedad, guardando de nuevo la orden de arresto—. Para la Santa Cruzada, alimentar al enemigo es lo mismo que disparar el fusil. ¡Andando!
Con un último tirón violento, los guardias empujaron al anciano dentro del coche oficial. El motor rugió, rompiendo la paz del paisaje y levantando una densa nube de polvo que dejó a la muchacha completamente sola frente a la inmensidad de la montaña.
El humo del motor del coche del sargento aún flotaba en el aire de Lomo Magullo cuando tres sombras se deslizaron entre los pinos de la cumbre. Eran los «huidos», los hombres del pinar. Llevaban meses escondidos en las cuevas, con la ropa hecha jirones y la piel curtida por el frío de la montaña. Habían oído los gritos de Maria del Pino Martel desde los riscos y, al ver alejarse el vehículo oficial, bajaron a la carrera hacia la casa solitaria.
Encontraron a la joven de rodillas en la tierra, con la mirada perdida en la carretera vacía. El líder del grupo, un joven de Telde apodado «El Cojo» que conocía al padre desde la infancia, se arrodilló a su lado y le puso una mano temblorosa en el hombro.
—Se lo llevaron por nuestra culpa, Pino —dijo con la voz rota, mirando el rastro de sangre que el viejo había dejado al ser arrastrado—. Tu padre nos mantenía vivos con el gofio y las mantas. No podemos dejarlo solo.—Se está muriendo —susurró ella, sin apartar los ojos del horizonte—. Dijo el sargento que lo llevan ante el juez militar en Las Palmas. Si no hago nada, morirá en una celda oscura antes de que termine la semana.
Los tres hombres se miraron en silencio. Sabían que bajar a la capital era una sentencia de muerte para ellos, pero no para ella. Entre la maleza, «El Cojo», que era solo piel y hueso, desenterró un pequeño bote de lata donde guardaban sus últimos ahorros: unas pocas monedas de plata y billetes arrugados. Se los puso en las manos a la muchacha.—Toma esto para el coche de hora o para pagar a un transportista en Telde —le instruyó con firmeza—. Ve a Las Palmas. Busca la prisión de la calle San Roque o el cuartel de Mata. Alguien tiene que ver cómo está y llevarle medicinas. Nosotros vigilaremos la casa hasta que vuelvas.
Apenas amanecía el día siguiente cuando la muchacha comenzó su descenso a pie hacia el casco de Telde, con el dinero oculto en las enaguas y un pañuelo negro cubriéndole la cabeza. El viaje a Las Palmas fue una travesía de miedo y humillación. Logró subirse a un camión de reparto que bajaba a la capital por la vieja carretera de Jinámar, apretujada entre sacos de papas y cajas de verduras. Cada control de la Falange en los accesos a la ciudad le encogía el corazón, pero su rostro pálido y sus ropas humildes la hicieron pasar por una simple campesina que iba al mercado de Vegueta.
Cuando el camión la dejó cerca de la desembocadura del barranco de Guiniguada, la inmensidad de Las Palmas la abrumó. El ruido del tranvía, el trasiego de militares y la altivez de los edificios grises de la dictadura contrastaban cruelmente con el silencio de su pinar. Caminó con los pies llagados hasta los muros de la prisión de Barranco Seco, donde una fila de mujeres demacradas esperaba bajo un sol de justicia.
Al llegar frente al cabo de guardia en la verja de la cárcel, la muchacha tragó saliva y mostró el tarro de ungüento y las hierbas medicinales que había preparado en Lomo Magullo.
—Vengo a ver a mi padre… Se lo trajeron ayer de la cumbre de Telde. Está muy enfermo, señor —suplicó, con la voz firme a pesar del temblor de sus manos.
El guardia miró la lista con desprecio, repasó con la vista las ropas polvorientas de la joven y soltó una carcajada seca que le heló la sangre.
— No estarías mal con un buen baño en mi casa, tienes buenas tetas, cuando termine el turno. Si quieres te invito y nos echamos una cervecita —le dijo mirándola con sorna y desprecio.
A continuación tachó el nombre de la lista con un gesto indiferente y le informó que su padre había fallecido en el calabozo antes del amanecer, víctima de sus pulmones destrozados y de la dureza del traslado. Rota por el dolor pero con una fría determinación naciendo en su pecho, la muchacha regresó a la casa de la cumbre solo para recoger sus pocas pertenencias y despedirse de las paredes que la vieron crecer; esa misma noche, se internó definitivamente en la espesura del pinar junto a «El Cojo» y sus hombres, convirtiéndose en el nuevo enlace y sustento de la resistencia de la montaña, unida para siempre al destino de su padre a través del eco mágico del viento cumbrero.
El tiempo borró la casa de piedra entre Lomo Magullo y la cumbre, pero la tierra conservó el rastro de su historia. El cuerpo del padre quedó enterrado en una fosa común de la capital, lejos del aire limpio de los pinos que intentó proteger. La muchacha nunca regresó al llano; vivió el resto de sus días oculta en las cuevas y los barrancos más profundos de Gran Canaria, burlando los controles junto a los últimos alzados. Cuando los hombres de la montaña finalmente cayeron o se rindieron con los años, ella ya era parte del paisaje de la cumbre, una sombra anónima que eligió el silencio de los riscos antes que la sumisión de su propio pueblo.
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