27 de julio de 2026

La escoba de Carlos

«Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan en un montón de perros apagados».

Federico García Lorca

El estruendo de las culatas contra la madera de la puerta rompió el silencio de El Puente en la madrugada del 18 de julio de 1936. Unas horas antes, la tarde del 17, Carlos Santana Tejera había dejado sus trastos de limpieza en el pequeño almacén del ayuntamiento, allá en la Cruz del Ovejero. Era la rutina humilde que llevaba repitiendo desde hacía treinta años al terminar una jornada que no solo consistía en barrer las calles, sino en retirar animales muertos del camino o cumplir cualquier tarea que le mandaran desde la alcaldía. Un oficio sencillo al servicio de un municipio netamente obrero, gobernado por el Frente Popular meses antes del golpe, al que las derechas locales y los terratenientes ya habían marcado como un «pueblo maldito» debido a la parálisis institucional que ellos mismos provocaban.

Al frente del grupo de uniformados venían vecinos de la propia comarca: el guardia Juan Santo, Francisco Bravo y José Penichet, jefe de Falange del municipio. Tiraron la puerta abajo y sacaron a Carlos a empujones y golpes delante de sus tres hijos pequeños. Su mujer se arrodilló en la tierra del jardín exterior, suplicando entre llantos que no le hicieran daño a su esposo, pero la respuesta de las camisas azules fue una descarga de culatazos y patadas que la dejó malherida en el suelo de la vivienda.

El camión enfiló hacia la finca de Las Máquinas, en el paraje solitario y oscuro de Los Giles. Allí concentraron a Carlos junto a seis compañeros más, todos ellos afiliados a la Federación Obrera que lideraba Francisco González Santana. En la penumbra de la hacienda, la crueldad se convirtió en un espectáculo sádico. Utilizando la pinga de buey del conocido verdugo de Tenoya, los falangistas torturaron a los siete hombres con una saña desmedida, destrozando sus cuerpos vivos antes de arrojarlos al fondo del pozo de la propiedad de los Betancores. La boca del agujero del agua quedó sellada bajo el peso del miedo, sepultando a los obreros en una de las tantas fosas ciegas que sembraron el terror en cada rincón la isla.

Al día siguiente de las detenciones, las oficinas del ayuntamiento amanecieron envueltas en un silencio espeso, casi de cementerio. En el almacén de la Cruz del Ovejero se quedaron apoyados los trastos de limpieza que Carlos había guardado la tarde anterior; nadie se atrevía a tocarlos, como si rozar el mango de su escoba fuera una sentencia de muerte. Los funcionarios que no fueron detenidos trabajaban con la cabeza gacha, midiendo cada respiración y evitando cruzar la mirada con los nuevos mandos que se habían instalado en la casa consistorial. La Federación Obrera, que tantas luchas obreras había coordinado, fue borrada del mapa de un plumazo. Preguntar por los desaparecidos era convertirse automáticamente en el siguiente de la lista, por lo que el consistorio del «pueblo maldito» se transformó en un cuartel de murmullos y delaciones donde el miedo se respiraba en cada rincón.

Mientras tanto, en El Puente, la casa del barrendero se convirtió en el retrato vivo de la miseria y el desamparo. La viuda, con el cuerpo amoratado y las costillas rotas por la brutal paliza de los falangistas, tuvo que levantarse de la cama como pudo para alimentar a sus tres hijos. Sin el jornal del marido y marcados por el estigma de ser la familia de un «rojo» descuartizado en Los Giles, las puertas del barrio se les cerraron de golpe. Las pocas vecinas que se atrevían a ayudarlos lo hacían de noche, dejando un puñado de papas, una bolsa de gofio o un pedazo de pan de leña de tapadillo en el suelo, mirando a los lados por miedo a los falangistas y somaténes.

La mujer tuvo que sacar adelante a los niños lavando ropa en el barranco hasta desgastarse los dedos, remendando los harapos de los chicos y soportando el escarnio diario de ver pasar por el camino a los genocidas vistiendo sus uniformes azules con total impunidad. Los tres hijos crecieron con el estómago vacío y el oído acostumbrado al llanto ahogado de su madre en la cocina, aprendiendo desde pequeños que en Tamaraceite la verdad sobre el pozo de los Betancores era un secreto que solo se podía masticar en la más absoluta oscuridad del hogar.

De aquellos tres niños que presenciaron el asalto en la casa de El Puente, hoy solo queda uno vivo. Tenía apenas tres años en aquel julio del 36, demasiado pequeño para entender el mundo, pero con la edad suficiente para que el llanto de su madre y el estruendo de las culatas se le quedaran grabados como su primer recuerdo de la infancia. Hoy, convertido en un anciano lúcido y sociable, gran conversador, de noventa y tres años, con las manos nudosas y la mirada fija en el horizonte de las medianías, es el último testigo directo de la tragedia que destrozó a su familia.

Sentado en el sofá de su casa viendo televisión, cerca de donde estuvo la vivienda familiar, este viejo del antiguo municipio contempla cómo el paisaje de la Cruz del Ovejero ha cambiado bajo el asfalto, pero en su memoria sigue intacto el almacén donde su padre dejó la escoba por última vez. Durante ochenta años tuvo que callar, masticando la rabia en el silencio de la dictadura y viendo luego cómo, en democracia, los responsables de los crímenes envejecían y morían en sus camas con total impunidad. Esa injusticia le grabó un surco profundo en el rostro, una seriedad de piedra que solo se ablanda cuando reúne a sus nietos y biznietos para transmitirles el testigo de la verdad.

La vejez lo ha alcanzado sin que ninguna institución pública haya ido a pedirle perdón ni a entregarle los restos de su padre, que todavía yacen en el fondo de la propiedad de los terratenientes en Los Giles. Sabe que el tiempo se le acaba y que es el último hilo que une aquel pasado de terror con el presente de la isla. Por eso, con la voz desgastada por los años pero firme en la dignidad, se empeña en repetir la historia una y otra vez, asegurándose de que el nombre de que su padre Carlos Santana Tejera, quede sembrado para siempre en la tierra de Gran Canaria, antes de que a él también se le apague la vida.

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