27 noviembre 2020

Acuarela de sangre y desfile

Las mujeres del fascismo desfilando ante el Gobierno Militar de Las Palmas en 1937 (Archivo de Fotografía Histórica de Canarias FEDAC).

En el Gobierno Militar nos dieron con las fustas en la cabeza, mi hermano Ramón y yo llegó un momento que nos abrazamos llorando en el suelo, entonces fue cuando el sargento Peraza le cortó el pescuezo con un cuchillo canario.

Santiago Viera Ramírez

«(…) Cuando entramos al patio del Gobierno Militar el suelo estaba lleno de sangre, costaba mantenerse en pie y no resbalarse con la alpargatas, al fondo había unos hombres en formación con las manos amarradas a la espalda, eran seis o siete, conocí a dos que jugaban conmigo en los juveniles del Marino, Juan Carlos y Estebita, los dos se me quedaron mirando unos segundos desalados, los pobres estaban destrozados por los golpes. Los falangistas y militares no paraban de darnos gritos y golpes desde que nos sacaron del cuartelillo de Tamaraceite, nos metieron unos encima de otros en uno de los camiones que había cedido el cacique Bonny pa llevar los hombres detenidos. Yo todavía no entiendo como llegamos vivos a Las Palmas entre los latigazos de los fascistas, no podíamos agarrarnos porque nos tenían amarrados de pies y manos con la soga de pitera. Casi todos llegamos vomitando al Gobierno Militar y llenos de moretones y heridas. Varias mujeres vestidas de falangistas fregaban la sangre del suelo entre los piropos de la soldadesca, ellas se reían y seguían como si aquello fuera una fiesta. Entonces pasó lo de Segundo, el pobre se encaró con Damián Betancor que era un niño rico de falange de Vegueta, no se que pasó pero empezaron a discutir por algún motivo, enseguida vino un militar peninsular por detrás y le pego un tiro en la nuca. Segundo cayó redondo al suelo y de la cabeza la salía un enorme chorro de sangre que nos dejó a todos asombrados, hasta los fascistas se quedaron unos instantes callados en su juerga de ron y vino del monte, enralados como estaban con las muchachas de azul. Yo no recuerdo mucho más, se que perdí el tino y pensé que estaba muerto porque veía todo borroso, solo sentía las patadas, los culatazos, el dolor de la pinga de buey en mi espalda que me destrozaba la piel. Me desperté en el campo de concentración de La Isleta en una de las tiendas de campaña, estuve casi una semana inconsciente y salvé la vida gracias José Juan Polo, un muchacho enfermero de La Palma, que con lo que pudo fue sanando mis heridas…»

Entrevista a Nicolás Rodríguez Fresno, realizada en Los Caideros de Gáldar, el 9 de septiembre de 2004.

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