27 septiembre 2020

Al final del viaje

El remolcador de la Cory tira de La Palma en su último viaje para dejarlo atracado en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. AIN

Allí te pegaban un tiro en la cabeza solo por mirar a los ojos de los falangistas o militares, el campo de concentración de La Isleta siempre fue un infierno, un centro de exterminio de quienes fuimos detenidos por defender la democracia.

Anastasio Vega Monzón

«(…) Nos trajeron de Tenerife en las bodegas del Correíllo «La Palma», había un mar de fondo terrible con mucho oleaje, lo que nos tuvo todo el tiempo rodando por no poder agarrarnos al tener las manos amarradas a la espalda, entre vómitos y cagaleras sentimos que el barco llegaba al Puerto de la Luz, eramos catorce hombres, todos trasladados desde los almacenes de Fiffes al campo de concentración de La Isleta, cuando nos bajaron íbamos apestando, la ropa impregnada de la podredumbre, no estábamos acostumbrados a tanta leña como nos dieron nada más pisar tierra, aquello en septiembre del 36 no era como Tenerife, donde hasta aquel momento la cosa no se había recrudecido tanto. Nos detuvieron a todos los de Telégrafos porque eramos afiliados a la CNT, nada más pisar tierra nos subieron a golpes en un camión de plátanos hacia el cuartel de artillería, en el recorrido ya en La Isleta desde una azotea se escuchó un ¡Viva la República! Eso nos animó, no estaba todo perdido pensé, pero lo más triste fue al llegar a la puerta del recinto repleto de alambradas, cuando vimos salir un camión que iba dejando un reguero de sangre, olía a podrido, eran hombres que habían fusilado esa mañana en el campo de tiro. Nos quedamos paralizados, el cuerpo helado de sentir que a nuestros hermanos los estaban asesinando, en ese momento nos daba igual de que tendencia de la izquierda fueran, si comunistas, socialistas, republicanos, anarquistas, eramos todos camaradas en aquella lucha contra el fascismo, por salvar la legítima República, a la clase trabajadora canaria y española. Nos sacaron a palos del camión, olía a muerte, yo me tuve que arrastrar porque ya venía jodido de la espalda, en el suelo me cosieron a patadas, no sé como coño llegué al barracón, noté que mis compañeros me agarraron por los hombros, se escuchaban disparos a poca distancia, estaban fusilando, tal vez dando tiros en la nuca a pocos metros de nosotros…»

Testimonio de Nicasio Orejón Sánchez, telegrafista aragonés en Santa Cruz de Tenerife, miembro de la CNT, entre los años 1925-1936.

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