29 noviembre 2022

Boliches y sonajeros

Restos de Catalina Muñoz Arranz junto al sonajero hallados en el parque de La Carcavilla (Palencia) en 2011. SOCIEDAD DE CIENCIAS ARANZADI

«(…) Amenazas de fuego / con un cristo matón / Poesía en la sangre / Águilas de latón / Un sonajero nuevo / en un pozo sin fin / Catalina le guarda a Martín…»

Canción de Joaquín Carbonell 

En el bolsillo del pantalón se metió unos boliches de Ramiro, su niño el más pequeño, de alguna forma sentía que lo acompañaban en aquel instante final, se los acercó a la nariz y todavía olían a los dedos minúsculos y flacuchos del chiquillo, a pirulís y caramelos de nata, de los que se pegaban en las muelas y costaba mucho quitarlos, parecía que todavía mantuvieran el calor de cuando lo acurrucaba entre sus brazos para dormirlo, aquel enanillo travieso, lleno de heridas en las rodillas de caerse jugando, que luego le curaba con las hierbas mágicas del barranco de Silva, con la tierra arcillosa de los estanques de barro de Tufia.

Era el último momento de su vida ¿Porqué no quedarse con las viejas canicas? seguramente pensó:

-Alguien las encontrará algún día cuando desentierren mis huesos ¿Qué pensarán? Seguirán brillantes a pesar de la tierra húmeda, de la cal viva, de la sangre seca que corrió por mis caderas, la que tal vez llené los objetos mágicos del rojo color que también fue el de mi bandera-

Le sonaban en el bolsillo cuando avanzaba hacia el pelotón en La Isleta, eran cinco bolas de colores, tal vez jamás nadie las encontraría, se diluirían como los nombres que puso Ramón el sepulturero dentro de las botellas que colocaba con tanto cariño en la fosa común del cementerio de Las Palmas junto a cada asesinado, solo se encontró una en la absurda cata de la empresa privada del Cabildo entre las piernas de una niña, aunque después todo lo taparan, la enterraran de nuevo y se quedara como un objeto «curioso» que estará expuesta o escondida quien sabe donde, la botella rota con su tapón perforado por el tiempo, lo que hizo que el papel se hiciera polvo blanco borrando el nombre de la menor asesinada.

Así fue ante el pelotón de fusilamiento el 12 marzo del 37, Antonio Navarro Rodríguez, vecino de Telde, con los boliches de su hijo en el bolsillo, rezando a su manera para que no se los encontraran, con la fragancia infantil en sus manos.