3 octubre 2022

Confesión de los demonios

Fuerzas vivas del municipio de Arucas (Gran Canaria), enero de 1939 (Fedac)

“Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes; Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones, Y entramos alegremente en el camino cenagoso, creyendo con viles lágrima lavar todas nuestras manchas.”

Baudelaire

Tenían claro que había que matar a miles de hombres y mujeres, sus rostros los delataban a primera vista, cualquiera que planifique un holocausto y lo ejecute de alguna forma se le queda grabado en lo más remoto de sus miradas, como la señal de Caín, en Arucas hicieron un estropicio con más de sesenta hombres arrojados a los pozos con un tiro en la nuca, luego entre procesiones y sahumerio trataban de calmar su remordimiento si es que lo tenían, algunos de esta foto, dirigentes de Falange de ese municipio norteño de Gran Canaria, acabaron en su vejez arrodillados en la «catedral» de San Juan, tirados boca abajo día tras día llorando ante el Santísimo, pidiendo perdón por sus crímenes, de confesión en confesión y no les convencía el perdón de ningún cura, por eso iban de iglesia en iglesia por toda la isla, buscando el «milagro» imposible, que de alguna forma laberíntica se pudieran librar de su particular «infierno», arder en las llamas por siempre pinchados por tenedores de demonios con cuernos y rabo.

De niño les vi las caras más de una vez, no paraba de mirarlos no se porqué de la mano de mi abuela o de mi madre, algo no me encajaba, yo no tenía puta idea de política, solo había escuchado entre susurros que mi familia era distinta de las demás, tan solo porque alguna fuerza oculta había asesinado a varios de mis seres queridos.

Los veía gesticular, mirar, caminar, hablar entre ellos como quien oculta un secreto, como si desde siempre supieran que lo que hicieron fue terrible, que no había valido la pena cargar de por vida con ese karma, con la atávica culpabilidad de haber asesinado a cientos de inocentes.