23 octubre 2020

Del sueño ancestral

Grabado del neerlandés Theodor de Bry (1528-1598).

Aterrada, abrazada a la soledad del recuerdo, la brisa traspasaba la barrera inmensa de la montaña oscura.

El sudor frío le recorrió todo el cuerpo cuando despertó y por una extraña vez lo recordaba todo, el sueño trascurrió en aquella extraña tierra donde Isabel tenía otro aspecto, era una mujer vieja encargada de cuidar a los niños de la gente de su pueblo, su collar de caracoles le servía para que los chiquillos se entretuvieran contando los gasteropodos, acariciando la concha suave y mágica mientras se dormían.

También tenía otro nombre, pero las mismas manos, la misma voz, la misma piel morena, el mismo olor, aunque hablara otra lengua desconocida, eso le dio miedo porque se sentía ella misma mientras seguía en la cama rememorando una tristeza que la había traspasado, los hombres de hierro cabalgando por la montaña persiguiendo a los últimos guerreros ya casi desarmados, heridos, desahuciados de la eterna fragancia de la libertad.

Visualizó cuando de repente contempló desde el valle la imagen majestuosa de Tamadaba, la Punta de Faneque ardiendo en el crepúsculo de todo un pueblo, la guerra, la lengua extraña de los extranjeros que vinieron para quedarse con todo, para acabar con una cultura y su historia ancestral.

La muchacha se dio una ducha fría mientras esperaba la visita de sus amigas Lucre y Vicky, puso al fuego el potaje de berros y sacó de la pequeña bodega dos vinos de Tacoronte y se hizo un cigarro de hierba, no se podía quitar de la piel el olor a sangre, la fragancia suave del poleo y los helechos mientras subía la inmensa montaña huyendo con dos niñas en sus espaldas.

La masacre solo acababa de comenzar, las cosechas ardían y el olor parecía penetrarla más adentro de su alma, se quedó sentada en la mesa de la terraza del Valle de San Pedro mientras quemaba una pequeña madera de palo santo, el vino en su garganta le quemaba los recuerdos, la sacaba de aquel éxtasis de angustia mientras escuchaba el «Encubrimiento de América», de Taller Canario, se intuía la voz de Silvio.

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