27 de julio de 2026

Dolor no amortajado

Cartel propagandístico del franquismo en posguerra

«La intencionalidad, la masividad y la permanencia de la violencia del Estado la transforman en una situación traumática extrema que se hereda.»

Hans Keilson

Hay ausencias que no se explican con palabras, sino con silencios densos que pesan en las habitaciones. En mi familia, esos silencios siempre tuvieron nombres y geografías concretas. Crecí sabiendo que la historia con mayúsculas, esa que los libros a veces intentan despachar con equidistancia, estaba grabada a fuego en mi propio árbol genealógico. Soy nieto de un hombre fusilado por defender la legalidad republicana y los derechos de sus vecinos. Pero la crueldad de la represión en el antiguo municipio de San Lorenzo no se detuvo en los muros de los consejos de guerra ni en los pelotones de fusilamiento. También soy sobrino de Braulio, un bebé de apenas cuatro meses de edad que fue asesinado en su propia cuna por el odio ciego de los sublevados en Tamaraceite. Un niño al que le arrebataron el futuro antes de que pudiera pronunciar su propio nombre.

Durante décadas se nos intentó convencer de que el pasado es agua pasada. Sin embargo, la psicología y la epigenética aplicada al trauma político demuestran hoy lo que las víctimas siempre supimos de manera intuitiva: la violencia de Estado no termina cuando cesan los disparos. Existe algo llamado síndrome transgeneracional, un hilo invisible que transmite el miedo, el duelo congelado y la hipervigilancia de una generación a otra. Aquellas familias diezmadas y perseguidas, obligadas a convivir en el día a día con los asesinos de sus seres queridos bajo el yugo de la dictadura, asimilaron el secreto como estrategia de supervivencia. El mandato inconsciente para los hijos y nietos fue claro: «no hables, no destaques, no existas demasiado, porque existir es peligroso».

Lo perverso de este síndrome es que la agresión no concluyó con la Transición ni con la llegada de la democracia. El trauma transgeneracional no se alimenta solo del dolor del pasado, sino de la impunidad del presente. Para mi familia, la represión continúa viva hoy a través de la indiferencia fría de las instituciones. Durante décadas, nuestras demandas de verdad, justicia y reparación no han recibido respuestas, sino un maltrato burocrático sistemático que desgasta la salud y la paciencia de los supervivientes. Nos hemos topado con muros de desgana, con la inexistente sensibilidad política de administraciones públicas que prefieren mirar a otro lado y con el boicot implícito hacia gestos tan humanos y básicos como poner el nombre de un bebé asesinado a una calle o dignificar la memoria de los fusilados de San Lorenzo.

Nacer y crecer en una casa marcada por la brutalidad franquista —especialmente en una retaguardia como la canaria, donde no hubo frente de guerra pero sí una sistemática limpieza ideológica— significa heredar una deuda con la memoria. El dolor por el abuelo fusilado se mezcla con una herida punzante e incomprensible: el horror absoluto de saber que una criatura de cuatro meses fue considerada un enemigo a batir. ¿Cómo se metaboliza el asesinato de un bebé en el seno de una familia? Se metaboliza a través de una tristeza estructural, de una desconfianza sistémica hacia las instituciones y de una necesidad imperiosa de justicia que a menudo se confunde con obsesión. Una obsesión justificada cuando el propio Estado se convierte en un laberinto de trabas destinadas a silenciarte.

Los nietos no vivimos la guerra ni la posguerra, pero cargamos con sus fantasmas. Experimentamos el síndrome transgeneracional cada vez que sentimos una angustia inexplicable ante el abuso de poder, cada vez que nos estremece el empeño burocrático de quienes exigen «papeles» impresos imposibles para reconocer a un lactante asesinado en 1936, o cuando contemplamos con el estómago encogido el avance de discursos políticos que vuelven a justificar aquella barbarie. El desprecio institucional de hoy actúa como una sutil re-victimización: nos vuelve a castigar por el mero hecho de recordar, enviándonos el mensaje de que nuestras pérdidas y nuestros muertos no valen lo mismo que otros.

Esta soga del desamparo arrastra también la historia de mi abuelo materno, cuya vida quedó triturada por el engranaje de la dictadura al pasar doce durísimos años recluido en las cárceles franquistas. Doce años de encierro, hambre y castigo sistemático por el único delito de pensar diferente. El castigo físico terminó cuando cruzó la puerta de la prisión, pero el castigo psicológico continuó devorando a los suyos en un goteo incesante. Mis padres tuvieron que heredar ese peso, conviviendo con el estigma y la sombra de un horror que nunca se reparó.

El verdadero dolor de este maltrato institucional continuo reside en el tiempo irreversible. Mis padres murieron con una profunda e infinita tristeza en el alma: la de irse de este mundo sin haber podido enterrar dignamente a sus muertos. Se marcharon con las manos vacías y la mirada cansada de esperar una justicia que el Estado les negó de manera sistemática, estirando los plazos y las trabas hasta que la biología hizo su trabajo. Murieron sin el consuelo de una sepultura justa, sin un lugar donde llorar en paz.

Romper el ciclo del trauma no pasa por el olvido, sino por el nombramiento y la asunción de responsabilidades colectivas. Escribir estas líneas, denunciar el desamparo institucional, exigir una calle para el pequeño Braulio, dignificar los doce años de cárcel de mi abuelo materno y reivindicar la memoria de los asesinados de Tamaraceite no es abrir heridas; es limpiarlas de la negligencia crónica del Estado para que por fin puedan sanar. El trauma transgeneracional se combate transformando el dolor heredado en memoria colectiva activa. No somos víctimas desde el rencor, sino ciudadanos conscientes que exigen que las instituciones democráticas actúen con la sensibilidad que nunca han tenido. Es hora de que el Estado asuma su deber moral, deje de maltratar nuestra historia y permita que el llanto interrumpido de un bebé de cuatro meses y el lamento de quienes murieron esperando justicia dejen de resonar, por fin, en nuestras noches.

About The Author