23 octubre 2020

Dormir con el niño Jesús

Era asqueroso estar con aquellos ratones de capilla, les apestaba la boca a cangrejo podrido y mojo verde caducado, yo siempre había pensado que los curas olían a perfume sagrado, a sahumerio y flores de la virgen, pero era todo lo contrario, eran jediondos y siempre estaban sudando por lo gordos que estaban.

Antonio Hernández Tavío

«(…) Los abusos en la Casa del Niño del Paseo de San José, comenzaron el primer año que se inauguró, Francisco Rubio Guerra, que era el Jefe de Acción Social de Falange y mano derecha del jefe máximo del fascismo en la provincia, el tabaquero Eufemiano Fuentes, vieron un filón entre los cientos de chiquillos huérfanos de asesinados por Franco en Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Cuando vendieron el primero a una familia de Santa Cruz de Tenerife consiguieron mucho dinero, luego ya todo fue un camino fácil. La familia Rosales se implicó por los vínculos que tenían con el fascista de Firgas que llevaba los asuntos sociales de Falange, poniendo su chalé en la carretera de Arucas a Moya al servicio de aquellos criminales. A final casi dedicaban más tiempo al negocio de venta de chiquillos que a sus tareas como responsables de tirar a los republicanos a los pozos y simas, de los miles de crímenes que asolaron las islas en esos años tristes desde el 1936. Por todo eso a lo que no vendían porque eramos más feos o estábamos muy flacos por el hambre, los que no teníamos los ojos azules, verdes o eramos rubitos, allí nos quedábamos y eramos a los que los curas se follaban. Yo me comí allí siete años hasta que me dejaron marchar con una prima que vivía en el barrio de San Roque, pero de aquellos años solo tengo que contar cosas malas, abusos sexuales de todo tipo, palizas de aquellos cachos de carne con sotana y Rosario, lo que más miedo me daba era cuando seleccionaban el viernes a dos o tres y nos llevaban a una casa del Obispado cerca del barranco de la Madre del Agua, yo estuve creo que tres veces, allí era una cosa terrible, porque se emborrachaban, iban los mas poderosos, los que tenían cargos importantes en la Iglesia canaria, yo no los sabía distinguir, pero según me dijo Lolita Travieso, que era la señora que cocinaba, cuidaba la casa y vivía al lado, por allí pasaron hasta Cardenales de la Santa Iglesia Católica. La tenían como lugar de recogimiento y oración, por las muchas habitaciones que tenía, además de las vistas, se veía media isla, sobre todo el norte y la propia capital. Pero ellos cuando nos llevaban decían que era «pa dormir con ellos», que no nos iba a pasar nada, que solo querían «descansar» con nosotros porque necesitaban cariño de tanto trabajo que tenían en sus tareas diocesanas. Eso me creí yo la primera vez que fui y me tocó con don Pedro, aquel cura gordo y tartamudo de San Miguel de Abona, Tenerife. Me hizo mucho daño, me pasé todo el fin de semana llorando y con una hemorragia, porque además me pegaba y todo lo hacía con mucha violencia. Luego en las siguientes me acostumbré, te parecerá una locura lo que te digo, pero uno se acostumbra a todo aunque no hayas pasado de los diez años. El sexo con aquella gentuza era una mezcla de que ellos se sintieran como padres que acogían al niño Jesús pa después follárselo, algo así sentí yo en esos años, por eso les importaba una mierda el dolor que nos generaban, los daños físicos en nuestras partes, las secuelas psicológicas de por vida, yo me he intentado suicidar más de una vez, la última fue con 57 años. Lo que más pena me da es que esto no lo sabe casi nadie, la misma Iglesia y el franquismo se encargaron de taparlo todo, de silenciarnos a nosotros los niños violados, incluso con tomar represalias contra nuestras familias. Ese silencio me ha hecho mucho daño, ese miedo lo llevamos clavado en nuestras entrañas, de la misma forma que ellos nos hicieron cuanto quisieron en aquellos años del horror…»

Testimonio de Agustín Cabrera Alemán, hijo de asesinado por el franquismo en el sureste de Gran Canaria, ingresado en la Casa del Niño en diciembre de 1938. Entrevista realizada el 6 de febrero de 1997 en el barrio de Hoya de La Plata.

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