27 julio 2021

El aula de los árboles

Antonio Benaiges, al que la II República destinó en 1934 a un pequeñito pueblo de Burgos, Bañuelos de Bureba, 200 habitantes, 58 casas y 32 niños en la escuela, carente de agua, luz y ni tan siquiera caminos, asesinado y torturado por los fascistas por querer enseñar a sus alumnos el mar.

«Si los niños se mueven en un ambiente de libertades, sutilidades y camaraderías, cargado de estímulos, provocador, veremos cómo chorrea de la infancia una vida todo hermosuras y promesas. Esto es la Escuela: ambiente y ocio. Libertad y espíritu”.

Antonio Benaiges

-Antonio se están llevando a todos tus amigos a la Sima de Jinámar, debes salir del pueblo y esconderte donde puedas hasta ver si toda esta oleada de crímenes se para, yo debo cumplir con mi deber porque me costaría la vida, pero me da mucha pena que te pueda pasar algo por la amistad que siempre he tenido con tu madre.Le dijo José Cabrera Florido, veterano policía local de Telde, al joven maestro vecino de La Higuera Canaria.

El docente preparó una pequeña mochila mientras más abajo en el pueblo se oían disparos, ruido de motores de coches y camiones como nunca. El Movimiento estaba en marcha, no era una huelga general como se pensaron en un principio, solo tuvo tiempo de despedirse de los niños que jugaban en el patio de la escuelita.

Las chiquillas y chiquillos parecía entender lo que pasaba porque lo miraban con tristeza:

-¿Ñito vas a volver pronto?-Le dijo la pequeña Carmencita, la benjamina del reducido grupo de escolares.

El joven se despidió con una sonrisa corriendo hacia la cumbre, era fuerte y atlético, llevaba años participando en carreras de larga duración por toda la isla, sobre todo en zonas de montaña con mucha cuesta. Se le vio perderse en las montañas de Tenteniguada, parecía un muñequito de cuerda, siempre al mismo ritmo, sin mirar para atrás, como si pudiera convertirse en estatua de sal antes de ser capturado por la jauría, la caravana de la muerte que subía las pistas de tierra sedienta de sangre.

Jamás se supo de Antonio Navarro Martel, las versiones de la gente se confundían, muchos decían que siguió vagando por los montes más de veinte años, que se hizo amigo del héroe de leyenda, Juan García Corredera, otros que lo habían capturado y asesinado en Cazadores, también que había logrado salir de la isla en un barco frutero hacia Francia desde La Aldea de San Nicolás.

El caso es que esos alumnos, hoy mayores de ochenta años, lo recuerdan como el maestro que daba clase debajo de los árboles que no usaba el aula, que les contaba la historia de Canarias como pasó de verdad, que les hablaba de los guanches, de la vida de los ancestros, de costumbres antiguas, de música canaria, de juegos tradicionales, de las injusticias de un pueblo esclavo casi cuatrocientos años después «La Conquista». Sobre todo recuerdan su trato amable, jamás pegaba ni gritaba, todo lo arreglaba con diálogo, los sentaba en círculo, hacía juegos de grupo, les pedía descalzarse y disfrutar del agua que corría por los barrancos.

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