1 agosto 2021

El cuaderno de Azcuénaga

Gudaris durante la Guerra Civil tras el golpe fascista del general Franco

«(…) Hemos tenido que caminar sobre dentaduras de tiburón.
Hemos tenido nuestros hijos en el mar entre las anguilas y los erizos.
Dormimos sobre lechos de sangre y lloramos en los W.C de los trenes que nos llevan al exilio.
Pero no temas, maitea, ahora nadie sube a nuestra casa.
Es la nieve que se derrite en el Gorbea.
Es el deshielo de los ríos, bajan con mucha fuerza.
¿Serán capaces de ahogarnos?»

Amodiozko poema (Benito Lertxundi)

«(…) Ander Azcuénaga, no era un hombre normal, tenía aficiones que ninguno de los compañeros teníamos, siempre tenía a mano una libreta donde anotaba sus experiencias diarias, como una especie de diario que no era un diario, investigaba el origen de los canarios, era fácil verlo escalando hasta cuevas inalcanzables para ver lo que había dentro, luego bajaba sin tocar nada aunque estuvieran repletas de huesos humanos y cerámicas, lo que hacía era dibujar con lapiz lo que veía, recuerdo ojear su cuaderno y ver aquellos dibujos tan bellos: inscripciones imposibles de definir que copiaba de las paredes de las grutas, cráneos humanos, huesos amontonados, pintaderas, tumulos de piedras utilizadas como tumbas eternas. «El Vasco», como le llamábamos nos contaba la historia de su pueblo, nos enseñaba palabras de su idioma, muchas muy parecidas a la de la lengua de los guanches, nos decía que ningún pueblo del mundo tenía ese idioma, nos hablaba de la brutal represión que habían sufrido siempre desde España, pero que ahora su Ikurriña se alzaba también por la República además de contra el fascismo y por la independencia. Se ganó el cariño de todos los empleados de telegrafos en Las Palmas, donde era escribiente y oficial de primera, cuantas tardes de fútbol en la playa de Las Alcaravaneras, era un defensa de alto nivel, había jugado en los juveniles del Athletic Club, pero había preferido terminar derecho y preparar las oposiciones a funcionario del estado que seguir dando patadas cada domingo en todos los campos de Euskal Herria. Recuerdo que cuando elegíamos los equipos todos querían estar en el suyo, estaba en todas partes del campo, tenía una resistencia física asombrosa, luego el bañito en el agua del mar, las risas y bromas sobre las cosas de Ander. Por eso nos dolió tanto cuando lo sacaron del campo de concentración de Gando aquella noche, sabíamos que no lo veríamos más, que le esperaba la muerte en cualquier agujero volcánico o pozo de la isla. A mi me dio mucho orgullo su entereza, su valentía en aquellos instantes tan duros, hasta los falangistas parecían tratarlo con respeto, quizá miedo, salió caminando con una tranquilidad pasmosa, hasta tuvo tiempo de darnos un abrazo uno por uno, recuerdo que me dijo al oído: -¡Hasta siempre querido amigo! No pares de estudiar y leer, bajo el colchón tienes mi cuaderno, trata de no perderlo y guardalo como mi mayor regalo- Luego se hizo el silencio, nos quedamos paralizados en el barracón de aquel lugar inmundo, la madrugada anterior del lunes 29 de marzo del 37 se habían llevado a los cinco de San Lorenzo para fusilarlos. Del vasco eterno nos quedó su legado heroico de gudari, dispuesto siempre a enfrentarse a cualquier injusticia. Cuando salí del campo y de la cárcel a finales de los años 40, se rumoreaba que lo habían arrojado a la Sima de Jinámar junto a treinta hombres más y la maestra de Aguimes Maribel Castro. Lo llevaré siempre en la memoria…»

Testimonio de Julian Ortigoza Román, preso político madrileño en la isla de Gran Canaria entre 1936-1949.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en el Ateneo Repúblicano de Madrid, el 18 de julio de 1998.

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