26 mayo 2022

El cura Ramón Cubas, su Astra al cinto

Altos cargos de la Iglesia en Valladolid junto a mandos falangistas (1937)

«La historia, sin duda, estremece. Aunque la Iglesia no alentó la lucha armada de sus curas, al menos oficialmente, muchos fueron vistos fusil al hombro, dispuestos a acabar ellos mismos con el comunismo y hacerles más rápida la ascensión a los cielos o, posiblemente, según ellos, al mismo averno, a los «pecadores». Salieron en patrullas, presenciaron los fusilamientos y, a veces, daban muerte ellos mismos»

Orosía Castán, miembro del colectivo Verdad y Justicia

Don Ramón Cubas Sarmiento, había nacido en Juncalillo de Gáldar, Gran Canaria, en 1905, siguiendo la tradición de varios de sus tíos también se ordenó sacerdote a principios de los años 30; de golpe y porrazo se vio de teniente capellán militar en el acuartelamiento de artillería de La Isleta, enseguida hizo carrera por su forma de ser altamente disciplinada, castrense, mezclando la religión, de la que era ferviente seguidor de los papas más reaccionarios de la historia, con su militancia en Falange de las JONS desde que se afilió dos días después del golpe de estado fascista en Arrecife de Lanzarote junto al que sería en pocos meses jefe de prensa y propaganda de la provincia de Las Palmas, con el que le unía una gran amistad por su afición a la poesía.

La sotana manchada de sangre se hizo habitual por su participación directa en los cientos de fusilamientos que comenzaron en agosto de 1936 en el campo de tiro de este enclave isleño, el clérigo pasaba por los barracones de los paisanos que iban a fusilar exigiéndoles los Santos Sacramentos: Confesión y Comunión antes de la ejecución, había muchos que se negaban y lo acusaban de apadrinar aquel brutal genocidio, otros destrozados y creyentes pasaban por las manos del «sacerdote de la muerte» como lo llamaban los soldados de quinta.

No se perdía un fusilamiento, presente siempre a partir de las tres de la tarde junto al paredón volcánico, todavía con el rancho en la boca y un par de rones que se tomaba en el bar de oficiales:-La paz de nuestro señor Jesucristo no es suficiente ante momentos tan terribles, por lo que unos roncitos no vienen mal para sentar las madres- decía de cachondeo junto a varios mandos con los que habitualmente frecuentaba los bares y casas de putas del barrio del Lugo, en Los Arenales.

Tras las ejecuciones, siempre pistola al cinto, su Astra inseparable de 9 mm que limpiaba y engrasaba cada semana con sumo cariño, subiéndose la sotana caminaba entre los cadáveres dando la Extremaunción con un crucifijo enorme en la mano y toda la parafernalia y rezos habituales en este ritual de la Iglesia Católica.

Más de una vez encontraba algún fusilado todavía con vida y los ojos abiertos, algunos con convulsiones por el efecto de las balas en sus órganos vitales, entonces sacaba su arma y les disparaba en la sien o la nuca, según la postura del cuerpo diciendo:

-Te doy la paz y la salvación hijo mío-

Por eso fue muy extraño ese 3 de marzo de 1937, cuando se topó con un muchacho de Telde de unos veinte años, del que no conocía ni el nombre, estaba vivo y tenía el pecho acribillado, por donde le brotaba abundante sangre, el joven lo miraba fijamente y veía la sotana negra, el inmenso crucifijo, el rostro del cura y su aliento oliendo al licor aldeano que se acababa de beber.

Se le acercó al oído y le empezó a rezar un Padrenuesto, el chico lo interrumpió y le dijo:

-¡Me cago en tu puta madre rata fascista!-

Entonces el religioso sacó su pistola indignado y le apuntó a la frente, pero el muchacho se movió y la bala le entró por el ojo derecho, no se sabe como pero todavía seguía con vida vomitando sangre y con un agujero que le atravesaba la cabeza, por lo que don Ramón le vació el cargador en el cráneo entre improperios e insultos:

-Mi madre es una santa rojo cabrón, no menciones su nombre en vano-

Luego se arrodilló tambaleándose por la tremenda borrachera y rezó untando el cuello del asesinado con una especie de ungüento que llevaba en un bote muy pequeño de metal:

-Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén-