25 febrero 2021

El llanto de Ambros

Niño con fardos, en la estación de Matabiau, Toulouse (Francia), sobre 1939

«Cada disparo nos removía el alma, yo los sigo llevando dentro de mi cabeza tantos años después, los oigo y doy un salto de miedo, se me revuelve todo el cuerpo pensando como convirtieron aquellas montañas volcánicas en un río de sangre desde El Confital al Vigía».

Isidorita Cabrera Arbelo

«(…) Durante varios años oíamos los disparos de los fusilamientos en el campo de tiro de La Isleta, todo los días, desde la madrugada, ¡pim pam, pum! Mi abuelo Ambrose, al que todos llamaban Ambrosito, en su camastro con las dos piernas cortadas los contaba y decía: -Hoy mataron a setenta- -Los de la madrugada son del Sur- Los de la tarde a las cuatro son del norte- Yo no se si acertaba todo aquello desde su cama de mutilado de la Primera Guerra Mundial, cuando mi familia vivía en Inglaterra. A veces desde la calle Faro se oía hasta el ¡Carguen, apunten, fuego! Y esas mañanas daba mucho miedo, desde la cinco despierto cuando ensayaban antes del primer fusilamiento de las seis dándole tiros a los pollos de pardela, parecía que fueran a salir del cuartel y venir a buscarnos casa por casa, incluso a los niños que no teníamos nada que ver en todo aquello que montaron los más ricos. Mi abuelo conocía el sonido de los máuser, sabía por el ruido del disparo si era de los primeros fusiles que sacaron antes de 1917 o si eran los más nuevos de los años 20, el caso es que a mi me sonaban igual de mal, pero él los identificaba, sabía cual era cada uno por su detonación, hasta si en el pelotón alguno de los quintos se quedaba sin disparar y decía: -O se le encasquilló o había algún amigo entre los condenados- Lo decía llorando, no era broma todo aquello, a mi abuelo le dolía mucho que estuvieran asesinando a cientos de inocentes, que un barrio tan pacífico y noble como La Isleta fuera el lugar elegido para matar, por eso no me dejaba subir a la azotea cuando bajaban los camiones cargados de cadáveres unos encima de los otros, yo le cogía el despiste a veces y subía por detrás de la casa, donde estaba la pila de agua destilada junto al viejo drago, Ambrosio el pobre no se daba cuenta, pero yo veía a los hombres acribillados a balazos, muchachos jóvenes la mayoría, hombres fuertes de brazos de hierro de trabajar la tierra desde la infancia, allí con los ojos abiertos como si me estuvieran viendo asomado. Luego bajaba con la boca seca desalado y el viejo me veía bebiendo, no decía nada, pero lo sabía todo. Yo lo ayudaba a ir al baño, no pesaba nada, era como si fuera un hermano menor, le vi más de una vez las cicatrices en los muñones de los muslos, debió ser terrible aquella mina que lo hizo volar veinte metros de altura, parecía que sabía lo que sufrían los que estaban siendo fusilados, el terror de las armas, el odio al diferente, al que no piensa como los poderosos…»

Testimonio de Ricardito Williams Mederos, vecino del barrio de La Isleta, municipio de Las Palmas GC, en los años del genocidio.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 4 de febrero de 2014, en el barrio Bañaderos, municipio de Arucas.

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