6 diciembre 2020

El recuerdo marcado

Imagen: "El grito nº 3", óleo sobre tela, de Oswaldo Guayasamín

«(…) A los dos chiquillos que traían de Los LLanos de Jaraquemada en Telde no les quedaba mucho de vida, estaban destrozados por la tortura, los pobres no pasaban de los 17 años, venían bajando Jinámar en el camión cedido por el Conde a los falangistas, las verguillas clavadas en las muñecas, que al ser tan finas más que amarrar lo que hacían eran perforar la carne hasta el hueso, el más mínimo movimiento hacía revolcarse de dolor a los detenidos. 
El cabo chusquero de la Guardia Civil nacido en San Gregorio, Domingo Ruano, más conocido como «El carnicero de La Vega», venía muy contento por la detención, les había costado más de dos meses de aquel verano del 36, donde los muchachos se adentraron desde el 19 de julio en la profundidad del barranco de Tecén en Valsequillo, estuvieron en una cueva, donde Ramoncito Cerpa, el pastor de Tenteniguada les llevaba de comer cada tres días, colocándoles un saquito con leche de oveja y gofio debajo de una piedra en el fondo del barranco.
Yo estaba montando una pared de piedra en la finca de los Ascanio, debajo de la Sima Jinámar, por eso los vi un momento, Enrique Martel y Antoñito Justo Guerra. Llegaron llenos de sangre, hasta sus barbas eran rojas por los golpes, yo miraba de reojo, tenía que hacer como que no pasaba nada, que eran normales todos los crímenes en la hacienda. Los muchachos se mantenían callados aunque les gritaran y los maltrataran aquellos asesinos, allí los tuvieron de pie junto a un alpendre casi tres horas, a media mañana llegaron en un coche negro tres falangistas, yo podía escuchar como les gritaban, el sonido de las patadas y de las varas de acebuche que cortaban el aire mientras les rajaban la piel.
Luego pude ver como los llevaban a rastras hasta el pozo que estaba al lado del corral de los baifos, allí entre varios fascistas los tiraron vivos al agujero, en un momento ya no se escuchaba nada tras un golpe seco y el sonido del agua, don Domingo uno de los hijos del amo vino a ver la pared, yo casi no podía trabajar, me temblaban las manos, el estómago me iba a estallar de dolor, así estuve más de cinco años, nunca me he recuperado del todo de lo que vieron mis ojos…»
Fragmento de la entrevista realizada en mayo de 1988 en La Era de Mota (Valsequillo) al maestro pedrero Chanito Rodríguez Monzón.
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