27 septiembre 2020

El silbo de la libertad

Venía Domingo Valencia a nuestra casa de Tamaraceite siempre a la
misma hora, a veces traía churros para mi que no pasaba de los siete años,
recuerdo como nunca tocaba ni daba palmadas, ni llamaba al llegar a la puerta,
daba un silbido que parecía el de un mirlo o un pájaro capirote, mi abuelo Juan
Tejera enseguida se alertaba, era una especie de señal clandestina, ese
indescifrable código secreto que se desarrolla en los tiempos de dictadura,
silbaba y se quitaba de la puerta, se adentraba en el callejón, desaparecía en
la sombra del atardecer, allí no había ser humano alguno, parecía que no había
nadie, los coches pasaban por la Carretera General de Tamaraceite, solo mi
abuelo y yo sabíamos que había llegado, que estaba en alguna parte, que tal vez
había decidido marcharse sin decir nada si veía algo sospechoso, más de una vez
lo hizo.
Juan salía despacito con su
boina, se ponía de pie en la entrada, yo a su lado de la mano, nos seguían los
perros, Estrella, Rufo, Negrete, Tarzán…, hasta los animales no ladraban como
hacían siempre, parecían cómplices de aquella conspiración por la libertad.
Cuando Domingo entraba yo
sentía que lo rodeaba una extraña energía, a mi me trasmitía una paz que
todavía no he sabido definir, también seguridad a pesar de ser un perseguido
por el fascismo.
Arriba en la parte más
profunda de la casa, en la cueva aborigen reutilizada nos sentábamos en una
mesa de madera, Juan encendía la vieja radio y comenzaba a sonar La
Internacional que anunciaba el comienzo de La Pirenaica. Domingo traía siempre
panfletos, papeles con hoces y martillos, proclamas por la democracia, contra
la brutal represión que había asesinado a miles de canarios tras el golpe de
estado del 36.
Mi abuela Frasquita venía de
a ratos a decirnos que habláramos más bajo, me traía un café con leche para los
churros, a ellos papas fritas y huevos,que mi abuelo había puesto en el fuego
cuando se acercaba la hora del encuentro, también cortaba queso duro, pan
bizcochado y bebían Ron Arehucas Blanco.
Era como un ritual cada
jueves o viernes, a veces hasta un lunes «para despistar a estos
asesinos», decía el gran Domingo. 
Allí pasaba el tiempo sin
darnos cuenta, se podía hablar en el silencio de la cueva, yo jugaba mientras
ellos debatían asuntos de la clandestinidad, de la lucha armada de los maquis
en la península, de los presos, de los asesinados.
Jamás podré olvidar aquellos
momentos, se me grabaron a fuego, mi abuelo se fue pronto, en los 80 tras la
muerte de mi abuela, momento en que decidió marcharse con ella negándose a
comer, Domingo se fue hace unas semanas con 99 años, siempre que nos veíamos me
hablaba de aquellos momentos mágicos, de mi abuelo Juan, de mi abuela
Frasquita, de mi padre Diego, de mi madre Lola.
Tal vez todavía de alguna
forma siga por aquí, hay tardes que oigo un silbido y se me encoje el alma de
alegría, me quedo quieto, a veces salgo a la puerta y me quedo en silencio
contemplando las sombras, esperando la llegada de la luz y la esperanza.



http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com/

Imagen 1: Mi padre Diego, mi hija Famara, mi madre Lola, y mi camarada Domingo Valencia durante el rodaje del documental «La memoria interior, los fusilados de San Lorenzo» de Carlos Reyes Lima.
Imagen 2: Mi abuelo Juan Tejera en la entrada de nuestra casa de Tamaraceite.
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