19 septiembre 2021

El silbo de la libertad

Imagen 1: Mi padre Diego, mi hija Famara, mi madre Lola, y mi camarada Domingo Valencia durante el rodaje del documental «La memoria interior, los fusilados de San Lorenzo» de Carlos Reyes Lima. Imagen 2: Mi abuelo Juan Tejera en la entrada de nuestra casa de Tamaraceite.

Venía Domingo Valencia a nuestra casa de Tamaraceite siempre a la misma hora, a veces traía churros para mi que no pasaba de los siete años, recuerdo como nunca tocaba ni daba palmadas, ni llamaba al llegar a la puerta, daba un silbido que parecía el de un mirlo o un pájaro capirote, mi abuelo Juan Tejera enseguida se alertaba, era una especie de señal clandestina, ese indescifrable código secreto que se desarrolla en los tiempos de dictadura, silbaba y se quitaba de la puerta, se adentraba en el callejón, desaparecía en la sombra del atardecer, allí no había ser humano alguno, parecía que no había nadie, los coches pasaban por la Carretera General de Tamaraceite, solo mi abuelo y yo sabíamos que había llegado, que estaba en alguna parte, que tal vez había decidido marcharse sin decir nada si veía algo sospechoso, más de una vez lo hizo.
Juan salía despacito con su boina, se ponía de pie en la entrada, yo a su lado de la mano, nos seguían los perros, Estrella, Rufo, Negrete, Tarzán…, hasta los animales no ladraban como hacían siempre, parecían cómplices de aquella conspiración por la libertad.
Cuando Domingo entraba yo sentía que lo rodeaba una extraña energía, a mi me trasmitía una paz que todavía no he sabido definir, también seguridad a pesar de ser un perseguido por el fascismo.
Arriba en la parte más profunda de la casa, en la cueva aborigen reutilizada nos sentábamos en una mesa de madera, Juan encendía la vieja radio y comenzaba a sonar La Internacional que anunciaba el comienzo de La Pirenaica. Domingo traía siempre panfletos, papeles con hoces y martillos, proclamas por la democracia, contra la brutal represión que había asesinado a miles de canarios tras el golpe de estado del 36.
Mi abuela Frasquita venía de a ratos a decirnos que habláramos más bajo, me traía un café con leche para los churros, a ellos papas fritas y huevos, que mi abuelo había puesto en el fuego cuando se acercaba la hora del encuentro, también cortaba queso duro, pan bizcochado y bebían Ron Arehucas Blanco.
Era como un ritual cada jueves o viernes, a veces hasta un lunes «para despistar a estos asesinos», decía el gran Domingo. 
Allí pasaba el tiempo sin darnos cuenta, se podía hablar en el silencio de la cueva, yo jugaba mientras ellos debatían asuntos de la clandestinidad, de la lucha armada de los maquis en la península, de los presos, de los asesinados.
Jamás podré olvidar aquellos momentos, se me grabaron a fuego, mi abuelo se fue pronto, en los 80 tras la muerte de mi abuela, momento en que decidió marcharse con ella negándose a comer, Domingo se fue hace unas semanas con 99 años, siempre que nos veíamos me hablaba de aquellos momentos mágicos, de mi abuelo Juan, de mi abuela
Frasquita, de mi padre Diego, de mi madre Lola.
Tal vez todavía de alguna forma siga por aquí, hay tardes que oigo un silbido y se me encoje el alma de alegría, me quedo quieto, a veces salgo a la puerta y me quedo en silencio contemplando las sombras, esperando la llegada de la luz y la esperanza.