24 septiembre 2021

El vientre de Pino

Fachada de la sede de la Capitanía General en Las Palmas de Gran Canaria frente al parque San Telmo a inicios de 1920. | fedac

«Triana y su Gobierno Militar era uno de los lugares, junto con el Castillo de San Francisco, donde primero nos llevaron tras la detención por parte de los falangistas, las mujeres eran las peor que lo pasaban porque estaba garantizada su violación por la soldadesca fascista».

Julián Hernández Castellano

La escena era dantesca, las cuatro mujeres detenidas estaban expuestas desnudas en medio del patio de la Capitanía General de Las Palmas en la calle Triana, los falangistas y militares que las custodiaban discutían para repartirse el «botín» de la inminente violación masiva.

Llevaban más de cuatro horas formadas mientras encima les caía aquella lluvia fría de enero de 1937, no podían moverse para no recibir algún latigazo o puñetazo, tenían que estar quietas, inmóviles, ante la atenta mirada del teniente Antonio Limiñana Sall, encargado de las depuraciones y torturas, un tipo alto, rubio, de rasgos alemanes, muy tieso, con la piel clara, siempre llevaba una vara de cuero sostenida por sus manos a la espalda.

Con aire marcial se acercó a las muchachas y casi cara con cara con María del Pino Sosa Padrón, le dijo con ese acento peculiar de la gente rica:-Antes de morir tendrás que hablar, esto va a superar todas las pesadillas, roja de mierda-Pino, que estaba embarazada de cinco meses, lo miró a los ojos un instante, buscó saliva en su boca seca y le lanzó un escupitajo en la cara.

El militar de la oligarquía isleña levantó la varilla y le cruzó la cara, acompañado de patadas muy fuertes en su barriga y espalda, no paró de golpearla durante mucho tiempo, destrozando su piel y su carne violentamente, hasta que la chica dejó de respirar expulsando el feto por su sexo entre ríos de sangre.

Sus compañeras seguían en posición de firmes, no se movían, parecían surrealistas estatuas femeninas, inmutables, aunque las lagrimas bajaban por sus mejillas hasta el pecho, unos ojos rojos de llanto, parecía un manantial de tristeza y miedo.