27 julio 2021

El yugo británico

Empaquetadora de plátanos, Gran Canaria, 1941, Fedac

«A los terratenientes ingleses les vino bien apoyar con dinero y medios técnicos a los fascistas españoles en Canarias, querían acabar con la vida de los dirigentes sindicales, imponer su dictadura a base de explotación, condiciones laborales indignas, casi esclavitud, derecho de pernada, todo tipo de abusos de poder contra un pueblo sin cultura, sin esperanza, sin valores revolucionarios».

Domingo Chacón

Cuando fueron a cargar los racimos de plátanos en el camión de los Elder el suelo estaba lleno de sangre, alpargatas sin su par, botones, camisas destrozadas, como si hubiera pasado por allí un temporal de muerte. Por eso los jornaleros esperaron a que llegara don Juan Doreste, que era el encargado y que siempre aparecía envenenado de odio sobre las siete de la mañana.

Los terratenientes agrícolas ingleses de las islas habían cedido toda su infraestructura a los generales golpistas y a Falange, sus vehículos hacían el «trabajo sucio» de madrugada con las Brigadas del Amanecer, para durante el día seguir su jornada normal, como si no pasara nada, como si no estuvieran asesinando y desapareciendo a miles de hombres tan solo por pensar diferente, por defender la democracia, la libertad, el gobierno legítimo de la República.

Doreste llegó como siempre oliendo a sudor y ropa húmeda, a ron blanco y mojo cochino, muchas veces venía directo de los prostíbulos de Los Arenales sin dormir, lo que le hacía tener muy mal carácter con los trabajadores, llevaba siempre una vara de acebuche colgando del cinto, al otro lado una pistola Astra, la misma marca que usaban los falangistas:

-Por si aparece alguno que se crea con derechos- Decía con su peculiar acento de familia de la clase alta isleña. Ese día cuando le indicaron que no habían cargado el camión por la sangre montó en cólera, comenzó a gritar y la emprendió a latigazos con Juan Coruña y Lázaro Medina, que eran los que tenían que cargar los enormes racimos desde las cinco de la mañana:

-¿Es qué son escrupulosos los niños por miedo a la puta sangre de esos rojos de mierda? Dijo soltando saliva por los lados de los labios como si fuera una baba blanca de perro rabioso.

Usando la vara de acebuche sin parar los hizo subir unos cinco o seis racimos, hasta que los hombres cayeron al suelo bañados en sangre, con la ropa y la piel destrozada.

Luego llamó a varios obreros más que completaron la carga sobre el suelo sucio entre tierra y líquido rojo:-Eso se seca cojones, cuando llegue al puerto de Liverpool sabrán como tratamos aquí a esos hijos de puta- Repitió varias veces como si le fuera la vida le fuera en servir adecuadamente a los caciques británicos.

El camión salió cargado dejando una estela de gotas de sangre por la carretera de Bañaderos hacia el Puerto de La Luz, parecía el rastro de un conejo herido, la gente miraba y callaba, sabían quienes habían muerto aquella noche, la desesperada tristeza de sus familias, mujeres y niños sin amparo, Juan Doreste se metió en el Bar de Rogelio Sosa, pidió una botella de ron aldeano y un plato de carne frita.

La irónica cotidianeidad hacía que el cielo estuviera oscuro aunque no lloviera, que todo pareciera triste, que casi nadie hablara, que todo el mundo se mirara como si fuera a ser denunciado por el otro.

La sangre se fue secando bajo la brisa de aquel diciembre del 36.

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