21 octubre 2020

Emisario del alba

Imagen: El Obispo Pildain en Las Nieves con niños de Agaete, años 40, algunos huérfanos de padre, asesinados por los fascistas desde 1936.

«A Tomas lo vimos más de una vez confundido entre la niebla, tenía esa rara habilidad de saber moverse donde casi nadie sabía, al borde del abismo, del misterio, por eso todos pensamos que jamás lo detuvieron.»

«(…) A Tomás Godoy no se lo llevaron los fascistas junto con los demás hombres de la Vecindad de Enfrente, cuando pasaron por su casa de madrugada estaba subiendo a Tamadaba con las cabras, escapó loco, decíamos todos, incluso los niños que nos quedamos sin padre, porque no dejaron a casi ningún hombre en una zona que después pasó a llamarse «Barrio de las Viudas». A mi me mandó mi madre a subir el sendero para avisarle, salí todavía de noche y recuerdo que lloviznaba, una lluvia fina que calaba entre la niebla. A las tres horas, cerca de los Riscos del Fin del Mundo, vi que Canelo venía a recibirme moviendo el rabo, el perro pastor de nuestro vecino que me conocía desde que nací, Masito apareció como de la nada con un baifo entre sus brazos que acababa de nacer: -Fueron a buscarte a tu casa los hombres de azul, dice madre que quieren matarte- le dije. El pastor me miró muy serio y se acercó dándome un golpito en la cabeza: -Vendrán a buscarme, no hay nada que hacer, ayudame a liberar las cabras y te llevas contigo a Canelo, yo me quedaré por estas montañas hasta ver lo que pasa con el golpe- Vi como corría montaña arriba y espantaba su ganado, la baifa me la dio, me dijo que la llevara para casa, que la criara que daría mucha leche, que su madre era muy buena. Entonces salí corriendo camino abajo, Canelo se resistió un poco, pero lo llevé amarrado, el baifo no paraba de llamar a su madre balando y balando. Cerca de las Cuevas de los Canarios me tropecé con un escuadrón de falangistas armados hasta los dientes, iban casi corriendo, ni siquiera me miraron, me dejaron pasar, pero avanzaban muy rápido hacia El Hornillo camino de Tamadaba. Me quedé mirando y vi que eran como fieras buscando sangre, no paraban de correr subiendo la montaña. Pensé que iban a detener a Masito, que lo iban a traer al pueblo con las manos amarradas como hacían con todos. En la casa me quedé sentado con mi abuelo Cho Pancho, no dejábamos de mirar los acantilados, se escucharon disparos y no eran cazadores, aquel año 36 habían prohibido la cacería, la única caza autorizada era la de hombres republicanos. Luego ya oscureciendo los vimos bajar, traían dos detenidos, eran carboneros, de los que trabajaban los hornos de brea de Los Llanos de La Pez, no estaba Masito, eso nos alegró, Canelo estaba echado a mis piernas, tampoco dejaba de mirar los riscos de Tamadaba. Estuvimos varias semanas esperando que lo detuvieran las partidas de falangistas que subían cada mañana, pero nunca apareció, nunca más lo vimos, jamás se supo de aquel pastor de cabras amante de la naturaleza, el que colocaba bebederos de agua para los pájaros en cualquier rincón de bosque, cajas de madera en los árboles para que hicieran nido los canarios del monte. No se supo más de Masito, todavía lo recuerdo tantos años después, oigo su silbido llamando a Canelo, pero salgo y no es nadie, quizá siga allá arriba perdido entre la bruma…»

Testimonio de Antonio Damaso Suárez, vecino de la Vecindad de Enfrente, Valle de San Pedro, Agaete (Gran Canaria).

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 8 de agosto de 1998, en Tasarte (La Aldea de San Nicolás).

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