24 septiembre 2021

Espíritu de Vigaroé

El agua corriendo por los charcos de Vigaroé (El coleccionistas de instantes, La Provincia DLP).

«Estoy ebria de soledad, de espera, de deseos abstractos, de entidades llenas de designios mágicos. ¡Qué noche para morir! ¡Qué instante para hacer el amor!“

Alejandra Pizarnik

Lo perdieron justo en el cauce del barranco de Vigaroé, de repente Justo «El pedrero», desapareció de la faz de la tierra, los falangistas soltaron a sus perros de presa canario y uno de raza alemán que cedió el cacique inglés de apellido, Yeoward, criado para buscar fugitivos, rebuscaron con los canes y una cuadrilla de más de treinta flechas pero no hallaron rastro del comunista evadido, era como si se lo hubiera tragado aquel calor de agosto del 36, venían algunos hombres de azul corriendo desde el pueblo, asfixiados como cochinos en el matadero, otros en los coches «cazarojos», pero Justo hizo justicia a su apodo, se hizo piedra tal vez o como dijo German Arocha, el jefe falangista de Agaete:

-Este está debajo de alguna piedra como una puta rata que es-

Revolvieron cada cueva, cada bardo de tuneras de tunos rojos, entre los pequeños bosques de tabaibas gigantes, pero el muchacho, que estudiaba Magisterio en Tenerife no apareció, lo intentaron en la galería de agua cavada en la roca, pero no se aclararon en aquel laberinto inundado:

-Quizá entró por aquí, su bisabuelo fue uno de los que trabajó de minero haciendo estas grutas que llegan al infierno, dicen que conocía hasta el último agujero de la isla- dijo con su voz rota por el esfuerzo, Ambrosio Márquez, requeté de Las Palmas.

Los falanges se quedaron un rato parados en la entrada de la caverna que tenía una cuerda vieja de barco para subir, no había ningún rastro, ni siquiera huellas o la hierba pisoteada, el hilo de agua que corría por el barranco no parecía alterado, ni una piedra descolocada.

Dentro, en el corazón de la montaña, cayó una gotita del techo que formó una minúscula estalactita, en el charco sin fondo se hizo un dibujo de líquido, una especie de espiral, un círculo infinito, unos ojos brillaban colgados de una repisa imposible de escalar, en lo más alto, un ser estático, casi invisible, unos dientes blancos mostraban una leve sonrisa de victoria.