2 diciembre 2020

Eterna luminosidad

Imagen: Mi abuelo Juan Tejera Pérez y panorámica de Tamaraceite (Gran Canaria) a mitad del siglo XX.

«(…) Ten una voz, mujer,
que pueda
cuando yo esté contando
las estrellas
decirme de tal modo
¿qué cuentas?
que al volver hacia ti los ojos
crea
que pasé contando
de una estrella
a
otra estrella…»

León Felipe (Cómo ha de ser tu voz)

El viejo estaba destrozado por la muerte del amor de su vida, Frasquita se había marchado el día anterior presa de una trombosis que dejó helado aquel sufrido corazón. Juan Tejera en silencio comenzó a dejar de comer, ya no le interesaba la vida sin ella. Por eso el día del entierro hizo un pacto secreto con mi primo Javier, nadie más lo sabía, su estrategia de viejo comunista, de preso político acostumbrado a sufrir, ahora incapacitado por el triste Parkinson. El coche fúnebre salió de la iglesia de Tamaraceite, avanzaba despacio, Juan sentado en la entrada de su casa, callado, mirando a la calle, a esa altura sin nadie esperarlo el coche paró, mi primo se bajó con las manos abiertas, como quien muestra algo maravilloso. Juan se levantó, andando con dificultad con su viejo bastón: -Amor de mi vida, cariño, te me fuiste para siempre, te quiero mucho, ya no podré vivir sin ti, adiós mi niña querida- Luego el entierro siguió lento hasta San Lorenzo, Juan se quedó solo en la casa, la mirada en el horizonte, los ojos llorosos, los puños cerrados.

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