24 septiembre 2021

Fyffes: Fusilamiento y farsa

El paredón del cementerio de Paterna (Valencia), donde se producían los fusilamientos y fueron asesinadas 2.238 personas. EP

«Era terrible cuando nos sacaban helados de frío para fusilarnos, nunca sabíamos si era verdad o mentira aquel montaje, ignorábamos si saldríamos muertos esa misma noche, los falangistas y militares nos hacían aquello para destrozarnos por dentro, que perdiéramos la razón y la cordura. Todavía tengo el ruido de las detonaciones de los máuser en mi cabeza, me levanto muchas noches bañado en sudor, no se me quitan esas pesadillas».

Ramoncito Plasencia Arteaga

A cualquier hora de la noche o de la madrugada entraban a gritos en el pabellón del campo de concentración de los almacenes frutícolas ingleses de Fyffes, Santa Cruz de Tenerife, hacían levantarse a los presos hubiera frío o calor, formándolos delante de las literas de madera sin colchón.

Luego uno de los falangistas anunciaba a voz en cuello un nuevo fusilamiento, saliendo los nombrados, uno por uno, al patio donde los esperaba un pelotón de hombres armados con el oficial de servicio al mando.

La verborrea para que se confesaran de don Ramón Mardones, cura de La Laguna, que estaba siempre presente pistola al cinto, cuando se trataba de asesinar, poniéndolos a golpes delante de un paredón repleto de manchas de sangre en el suelo y de impactos de bala.

El teniente Zerolo ejercía toda la parafernalia de una ejecución de cabo a rabo, el típico ¡Carguen! ¡Apunte¡ ¡Fuego! para tras el estruendo estremecedor, nadie cayera muerto, algunos reos se meaban encima entre las risas de falangistas y militares, que habían fingido un nuevo ajusticiamiento, como decían ellos «Por Dios y por la Patria».

Algunos reos se quedaban en el suelo de rodillas llorando a gritos, otros habían pasado ya por cinco o seis ametrallamientos, lo que a muchos los iba volviendo locos, hasta perder totalmente la razón, no dormían, no podían ni siquiera comer la basura de comida llena de chinches porque la vomitaban, pasándose el día hablando solos en cualquier rincón de aquel recinto del crimen de estado, flacos, piel y hueso, tristes desesperados, esperando el fatídico momento de la muerte.

Sin embargo había fusilamientos que si eran reales, cayendo al suelo acribillados a balazos aquellos pobres diablos, echando sangre por la cabeza o por el pecho a borbotones, luego el capellán militar, siempre con media sonrisa, les hacía un rezo de algo parecido a la extremaunción, participando también junto al nazi Zerolo en los tiros de gracia en cada nuca.