29 noviembre 2020

La apañada de los desnudos

Había que llamar a los chiquillos que jugaban entre las
cuevas del poblado troglodita de La Montañeta en Tamaraceite, Frasquita sabía
que con su marido encarcelado las noches con los degenerados falangistas borrachos
eran muy peligrosas para una mujer sola con cuatro hijos.


Juan desnudo y descalzo, Manolo corriendo junto a su perrito
“Rebelde”, José escalando la penúltima cueva antes del inminente peligro
nocturno, Lola ayudando en la búsqueda de aquellos enanos fugitivos, Javier
todavía semilla en el vientre de la madre del sueño y de la magia, se trataba
de subir los riscos hasta la casa de los Casimiro, donde Victoria guardaba el
legado en las cuevas, el antiguo recinto mágico-religioso de los antiguos canarios,
protegerse de aquella escoria vestida de azul que violaba a las mujeres que
solas resistían con sus hijos el dolor de tener a sus maridos en los campos de
concentración, tal vez asesinados, desaparecidos, torturados, enterrados en las
simas, pozos, fosas comunes y cunetas del exterminio fascista.

Allí entraban cada noche por la exigua escalera de piedra
y las cuevas, tal vez santuario ancestral que servía de refugio, parecía que
era imposible que la escoria fascista llegara al espacio del amor, a esa semilla
libertaria, los restos del volcán que resguardaba aquellos seres desvalidos,
sufridos, víctimas del terror que inundaba cada rincón de aquellas islas desafortunadas.

Después de la lechita caliente con gofio se dormían
abrazadas, todos juntos, hasta el pobre Rebelde, se acurrucaba entre aquel
collage de cuerpos iracundos, sedientos de tranquilidad, de la seguridad que
daba la fortaleza de lava.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Amor eterno de Simón Silva (México) 
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