27 octubre 2021

La apañada de los desnudos

Amor eterno de Simón Silva (México) 

Había que llamar a los chiquillos que jugaban entre las cuevas del poblado troglodita de La Montañeta en Tamaraceite, Frasquita sabía que con su marido encarcelado las noches con los degenerados falangistas borrachos eran muy peligrosas para una mujer sola con cuatro hijos.

Juan desnudo y descalzo, Manolo corriendo junto a su perrito “Rebelde”, José escalando la penúltima cueva antes del inminente peligro nocturno, Lola ayudando en la búsqueda de aquellos enanos fugitivos, Javier todavía semilla en el vientre de la madre del sueño y de la magia, se trataba de subir los riscos hasta la casa de los Casimiro, donde Victoria guardaba el legado en las cuevas, el antiguo recinto mágico-religioso de los antiguos canarios, protegerse de aquella escoria vestida de azul que violaba a las mujeres que solas resistían con sus hijos el dolor de tener a sus maridos en los campos de concentración, tal vez asesinados, desaparecidos, torturados, enterrados en las simas, pozos, fosas comunes y cunetas del exterminio fascista.
 
Allí entraban cada noche por la exigua escalera de piedra y las cuevas, tal vez santuario ancestral que servía de refugio, parecía que era imposible que la escoria fascista llegara al espacio del amor, a esa semilla libertaria, los restos del volcán que resguardaba aquellos seres desvalidos, sufridos, víctimas del terror que inundaba cada rincón de aquellas islas desafortunadas.
 
Después de la lechita caliente con gofio se dormían abrazadas, todos juntos, hasta el pobre Rebelde, se acurrucaba entre aquel collage de cuerpos iracundos, sedientos de tranquilidad, de la seguridad que daba la fortaleza de lava.