24 octubre 2021

La borrachera de Facundo

Sequito religioso en Agaete (Gran Canaria) durante un entierro a mediados de los años 30 (Info Norte Digital)

“La luna lo veía y se tapaba / por no fijar su mirada / en el libro, en la cruz / y en la Star ya descargada. / Más negro que la noche / menos negro que su alma / cura verdugo de Ocaña”.

Miguel Hernández

Don Facundo el cura, tenía mala fama en el barrio por su afición al toqueteo con los niños, era un infeliz muy mal visto por gran parte de sus feligresas que lo tenían por un enfermo, un pobre diablo con el que había que tener cuidado si no vigilaban las clases de catequesis, donde por arte de magia lograba quedarse solo con algún menor y meterle las manos por debajo del pantalón, avisando de que era una revisión apostólica para tener controlado al demonio.

La noche del 18 de julio del 36 se le vio alborozado tomando rones en el bar Alemán de la calle Triana de Las Palmas, acompañado de la dirigencia falangista de la ciudad, lo vieron tambaleándose cuando subía la cuesta de la carretera del centro hasta su casa en San Roque, dando vivas a España, lanzando proclamas de borracho exaltando el golpe de estado.

A los pocos días se dejó ver con una pistola al cinto de su sotana, el anagrama de Falange malamente bordado en el pecho, lo llevaba torcido con el yugo y las flechas boca abajo, caminaba torpemente por tener los pies excesivamente planos, daba la impresión de que fuera a caerse en cualquier momento, pisando el adoquinado de los barrios coloniales en la frontera con Vegueta.

Durante los siguientes meses era habitual encontrarlo junto a la Brigada del Amanecer sacando hombres de sus casas, llevándose a los hijos de los detenidos a su casa, para según decía «apiadarse de aquellas almas perdidas ahora huérfanas».

También acudía al campo de concentración de La Isleta dando tiros de gracia a los fusilados, lo hacía rezando en voz alta, persignándose cientos de veces, antes de apretar el gatillo sobre aquellos hombres sin destino, paisanos que todavía tenían convulsiones en sus cuerpos acribillados.

El viejo Facundo se aficionó demasiado al alcohol y a las putas, hasta que se hizo frecuente encontrarlo en cualquier esquina durmiendo la borrachera en el suelo entre vómitos, con la sotana remangada hasta los muslos, a veces mostrando su culo y los genitales.

Sus misas en San José apenas tenían audiencia, solo algún falange con su familia, militares viejos retirados, monjas de la Casa del Niño, la iglesia casi vacía y el sacerdote dando el Santo Sacramento con los ojos cerrados, como si estuviera poseído por algún arcángel desterrado.