26 octubre 2020

La cabalgata de la muerte

Luis Cabrera, uno de los jóvenes fusilados en el campo de tiro de La Isleta. Sigue enterrado en la fosa común del cementerio de Vegueta junto a 60 hombres más ante la pasividad institucional

Los fusilados iban con los ojos abiertos en el «Camión de la carne», daba miedo verlos desde las azoteas, parecía que nos miraran y nos pidieran explicaciones por nuestra pasividad, daba tristeza observarlos a todos fundidos unos sobre otros como si fueran hermanos.

Antoñita Falcón Darias

«(…) Desde la azotea de la calle Faro veíamos pasar los camiones con los hombres fusilados, el viento de La Isleta levantaba las mantas llenas de sangre, debajo aparecían hombres en su mayoría muy jóvenes amontonados unos sobre otros, acribillados a balazos, los camiones cargados bajaban en caravana, dejando un reguero de sangre desde el campo de tiro hasta el cementerio de Las Palmas. La cabalgata de la muerte recorría toda la ciudad de punta a punta, los escoltaban varios coches repletos de falangistas, algunos muy conocidos y relevantes en la sociedad isleña de la época como los hermanos Barber y Samsó, varios hijos del Conde, el tabaquero Eufemiano, guardias civiles de la Comandancia de Las Palmas borrachos como cubas, parecían disfrutar con los fusilamientos, se traían a sus familias enteras, hasta a los niños, para ver como llenaban de plomo los cuerpos de aquellos pobres ante el paredón, subían andando desde la la Playa de La Canteras cargados de comida, calderos con papas arrugadas con mojo, caldo macho, gofio amasado, rapaduras, bizcochos de agua de Tamaraceite, golosinas para los chiquillos, el ron y el vino que no faltara, así era cada ejecución, el público expectante a cientos, dispuesto a disfrutar gozando con cada asesinato. Ya sabíamos la hora del paso de los camiones, por eso mi tía Amparito y yo subíamos la escalera de madera, queríamos saber si habían matado algún conocido, algún amigo, para poder avisar a su familia antes de que los tiraran a la fosa común, nunca nos dio el tiempo suficiente, recuerdo cuando de repente vimos a los hermanos Florido de Valsequillo, dos muchachos que eran dos grandes nadadores, de los mejores de España, también al alcalde comunista de San Lorenzo, Juan Santana Vega, conocido por «Machado», nos impresionó ver a los militares de Sidi Ifni, todavía con sus uniformes, sus galones, sus correajes, murieron solos también, todavía más lejos que el resto, ya que en su mayoría eran de distintos puntos de España. Era terrible ver la despreocupación de aquellos fascistas con la sangre derramada, les daba igual que la manchara las calles de Las Palmas, lo usaban para meter miedo, para advertirnos de que si nos salíamos del plato de lo establecido podíamos acabar como ellos, con el cuerpo lleno de balas, con la cabeza abierta por el tiro de gracia, también vimos subir y bajar a los curas que iban a confesar a los reos, a dar la extremaunción, también como don Juan, el cura de Telde, a dar el último tiro en la nuca. Para mi viví tantos años en La Isleta, la calle Faro no es negra como el alquitrán, para mi es roja como la sangre de nuestros mártires, roja de sangre buena, generosa, popular, la sangre de los nuestros…»

Testimonio de Manolito Saavedra Almeida, vecino del barrio de La Isleta, Las Palmas de Gran Canaria, entre los años 1925-1967.

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