29 octubre 2020

La cala de la vida

Imagen: Playa de Guguy La Aldea de San Nicolás (Gran Canaria) (Viajeros 3.0).

«Fue nuestro refugio durante años, teníamos de todo: comida, tranquilidad, calor, el cariño que solo puede dar el mar infinito, allí estuvimos Ramoncito y yo convertidos en piedras de risco, en caracolas gigantes, en pollos de pardela, en pulpos, en tiburones invencibles, aliados de la sal, de la arena, de las espinas de los pescados que nos salvaron la vida». Isidro Ramos Pestana

«(…) Después de andar tantos días desde que salimos de Casas Nuevas en Guía, Tamadaba, los bosques de Linagua, Tazarte…, acabamos rendidos en una cala desconocida, estaba cerca de Guguy, nunca supe el nombre, solo que había una cueva enorme y que solo se podía llegar por mar. Isidro Ramos la conocía porque había estado cuando salía a pescar con las barquillas de su hermano Pedro «El sardinero», por eso cuando llegamos a una costa de viento y oleaje me pidió que me amarrara con él, juntos salimos padentro y cuando pasamos las olas más fuertes nadamos hacia el Norte casi dos horas, a mi ya me faltaba la fuerza, pero mi compañero me sacaba parriba, me ayudaba a seguir: -Vamos hermano los conseguiremos, allí podremos descansar y estaremos lejos de estos asesinos- me decía, entonces fue cuando nadamos hacia la costa teniendo cuidado de que no hubiera nadie en las montañas, se hacía de noche y no era fácil ver a dos hombres desesperados hacia la cala de la vida. Cuando salimos pude ver que no tenía más de veinte metros, de arena rubia, allí nos quedamos un buen rato agotados, tumbados boca arriba con la soga todavía en nuestras cinturas sin soltarnos. Isidro me ayudó a levantarme, caminamos hacia el risco y nos metimos en la gruta, en un rato trajo algo de leña y con dos piedras hizo un fuego que era mejor que toda la comida del mundo. Se marchó otro rato y vino con una bolsa de mejillones, los comimos crudos, fue nuestra cena. Luego recuerdo que me dormí y fue el sueño más profundo de mi vida, nunca dormí tanto tiempo, me acuerdo que desperté y la cueva estaba iluminada, llena de pollos de pardela agazapados en el risco. Isidro no estaba, no sé de donde coño había sacado aquellas mantas con las que dormimos. Salí y la marea estaba llena, no había cala, solo el mar que rompía en el borde del acantilado. Allí me quedé sentado varias horas mirando el infinito hasta que mi amigo llegó con más comida, varios pulpos enormes que preparamos asados en el fuego que todavía tenía brasa: -Aquí podremos estar un tiempo nadie nos encontrará ni nadie sabrá llegar hasta aquí compadre- me dijo Isidro, luego me explicó que usaban aquella cueva como refugio, por eso había mantas guardadas, calamares secos y pejines (1), que nos comimos con gofio amasado con agua de mar. Llegamos a ver los barcos de los fascistas que pasaban cerca de la costa buscando evadidos como nosotros, evitábamos hacer fuego cerca de la boca de la inmensa caverna, nos metíamos bien adentro, yo creo que la gruta podía tener más de cien metros de profundidad, allí estuvimos muchos meses, tal vez años, se me ha borrado de la mente el tiempo porque sabía que cada instante escondido era una apuesta para la vida. Isidro me explicaba en noches eternas la vida en el mar, me contaba cuentos, los seres mágicos que pasaban allí tan cerca de la cueva: ballenas, delfines, zifios, tiburones de los que solo veíamos su aleta inmensa, hasta focas grises llegamos a ver, millones de sardinas y caballas que llegaban huyendo de los atunes que las perseguían desde el abismo. Esa fue nuestra vida, nos convertimos en unos topos del mar, estuvimos tanto tiempo que todos se olvidaron de nosotros, solo nuestra familia pensó que nos habían desaparecido, nos hubiéramos quedado allí para siempre…»

Testimonio de Ramón Esteve Campos, maestro albañil y vecino de Santa María de Guía en los años del golpe fascista.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en Tegueste, municipio de Gáldar, el 29 de agosto de 2012.(1) Pequeño pez como el longarón o el guelde.

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