«La idea de considerar a los demás como enemigos no puede ser más que una locura y causa de regresión.»
Jigorō Kanō
Anoche el insomnio me llevó a dar vueltas por los canales de la televisión hasta que choqué con un documental sobre la promotora WOW y el negocio de las Artes Marciales Mixtas (MMA) en España [WOW]. No hizo falta mirar mucho tiempo para notar la fuerte carga ideológica que hay detrás de todo ese mundo. Se respira un ambiente muy alineado con la nueva derecha populista al estilo americano, algo que no solo se nota en los aficionados, sino que se confirma al ver quiénes ocupan la primera fila. La presencia de rostros tan conocidos de la política y los medios como Isabel Díaz Ayuso, Pablo Motos, Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos o el campeón Ilia Topuria, Vito Quiles, El Pequeño Nicolás, entre otros esperpentos, sentados allí como invitados VIP, da mucho que pensar sobre el tipo de valores que ciertas élites quieren promocionar.
Aunque el reportaje se me hizo difícil de tragar por su crudeza, los minutos que vi fueron suficientes para encender las alarmas. Es preocupante ver las gradas llenas de menores de edad normalizando una violencia tan explícita. Niños y niñas viendo cómo un luchador cae completamente noqueado y, en vez de pararse la pelea, el rival le sigue pegando en el suelo ante la complicidad del público. Pero lo alarmante no pasa solo dentro de la jaula; se ve fuera, en una multitud enfervorizada que imita los golpes frente a las cámaras, mostrando una agresividad latente que choca con los valores de convivencia básicos que deberíamos enseñar a los jóvenes.
Quienes tuvimos la suerte de formarnos desde niños en las artes marciales tradicionales vemos esta corriente con mucha distancia y preocupación. A los siete años, por recomendación médica para ayudarme con la hiperactividad, mi madre me apuntó en judo, un deporte que practiqué durante gran parte de mi vida al considerarlo un ejercicio físico muy completo. Haber crecido en el tatami me da una base clara para comparar la filosofía de toda la vida con el funcionamiento de estas franquicias comerciales.
El judo, que fundó en Japón, Jigoro Kano, se apoya en dos pilares fundamentales: el Seiryoku Zenyo (el uso eficiente de la energía física y mental) y el Jita Kyoei (la prosperidad y el beneficio mutuo). En la escuela tradicional, el oponente no es un enemigo al que hay que destruir, sino un compañero imprescindible para el propio crecimiento; sin rival no hay aprendizaje. Esta disciplina enseña que la verdadera victoria consiste en vencer los propios impulsos y dominar el ego a través del autocontrol. Por eso, el combate siempre está rígidamente regulado para garantizar la integridad del otro, y concluye con una reverencia sincera que simboliza gratitud y respeto mutuo.
Las MMA comerciales operan bajo una lógica radicalmente opuesta. Al eliminar los códigos morales de las artes clásicas, el combate se reduce a una exhibición de supervivencia desprovista de espiritualidad. Mientras que el judo busca la armonía y canalizar la energía de forma constructiva, en la jaula se premia el ensañamiento y se fomenta la provocación, el insulto y el odio previo como una simple estrategia de marketing para vender más entradas y suscripciones de televisión. No se busca la autosuperación, sino la capitulación y la humillación pública del rival para alimentar el morbo del espectador.
Por eso se entiende perfectamente la fascinación que líderes de corte autoritario, como Donald Trump, sienten al exhibirse en primera fila de estos combates brutales. Existe una conexión directa entre normalizar la crueldad en el entretenimiento de masas y legitimar la violencia a gran escala en la geopolítica real. Ese desprecio por la dignidad humana hermana el sadismo de la jaula con la degradación moral de quienes arrastran vínculos oscuros en casos de abusos sistémicos como el de Jeffrey Epstein, o con la frialdad con la que se justifican y normalizan los brutales ataques a la población civil en la Franja de Gaza. Al final, todo responde a una misma lógica: acostumbrar a la sociedad a aceptar que el fuerte aplaste al débil sin que nadie intervenga.
Quiero dejar claro mi respeto hacia los profesionales y deportistas que deciden libremente subirse a la jaula; ellos no son el problema. Lo peligroso es cómo el poder político utiliza este espectáculo como una herramienta para ganar simpatizantes hacia la extrema derecha. Funciona igual que ciertos movimientos ultraconservadores: aprovechan el ocio y la emoción para adormecer el pensamiento crítico. Al final, poner de moda el individualismo salvaje y la violencia sirve para crear un público más receptivo a discursos reaccionarios. Es una estrategia calculada para debilitar la conciencia colectiva y despejar el camino a partidos como los PP y Vox, cuyo objetivo final es recortar los servicios públicos y desmantelar los derechos sociales fundamentales conquistados tras décadas de organización y duras luchas de las clases populares, de las personas más empobrecidas de la Tierra.
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