29 noviembre 2020

La memoria de Diego siempre viva (7)

«(…) El día de lo que le hicieron a la tía Rosa fue muy triste para mi y mis hermanitos, ella llegó del trabajo en los tomateros casi desnuda desde el Camino Viejo de San Lorenzo, por la Carretera General de Tamaraceite todos se apartaban con miedo al verla ensangrentada, llevaba su vestido roto tapándose el pecho y algo del vientre, no lloraba, en su rostro solo había una mezcla de tristeza y rabia, la vimos desde la escuelita de Don Antonio, todos los chiquillos salimos a la ventana, el maestro nos dejó, no dijo nada, se quedó sentado en la mesa con las manos en la cabeza, Rosa avanzaba y se la veía toda llena de heridas, le caía la sangre por los muslos y dejaba un rastro de gotas de sangre. En la puerta de la sede de Falange varios hombres le decían cosas, la llamaban putona, malnacida, hacían comentarios diciendo que ese día había descubierto lo que eran verdaderos hombres de la patria, no los maricones rojos con los que se había acostado.
Cuando llegamos a casa de la escuelita ella estaba sentada en la silla junto a la cama de la única habitación donde dormíamos todos juntos, nos acogió en un abrazo a los tres, no decía nada, nosotros tampoco, en ese silencio nos dio su cariño, olía a jabón, se había bañado, tenía muchas heridas por todo su cuerpo que se le notaban en los brazos y las piernas, ella tenía 23 años cuando esos criminales la violaron, nada fue igual desde entonces en la casa, tu abuela no paraba de llorar por el asesinato del chiquillo, tu abuelo ya se había entregado y lo habían condenado a muerte, nosotros casi no jugábamos porque estábamos muy tristes, afuera se aparcaban todos los días coches negros y grandes con hombres bien vestidos que vigilaban a todo el que entraba y salía de la humilde vivienda. Rosa era la única que salía a la puerta y los miraba fijamente, parecía que no tenía miedo, el pelo rapado, cojeando de una pierna, se les quedaba mirando hasta que aquellas bestias bajaban la vista…»

Extracto de la entrevista a mi padre Diego González García el 8 de marzo de 1999.

Foto de una visita de mi madre Lola Tejera a mi padre, ingresado a la Clínica Cajal de Las Palmas, meses antes de su fallecimiento el 10 de octubre de 2018.

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