29 septiembre 2020

La parranda de la represión

«(…) Hacían las
fiestas con asadero de carne y mucho alcohol en la finca del Conde por encima
de Pajonales, el chiquillo y yo los vimos subir varias veces por la carretera
que venía de Mogán por Cercados de Araña en los coches cargados de falangistas,
guardia civiles, mandos militares de los cuarteles de La Isleta y Aviación,
gente rica de la isla, los hijos de los amos ingleses y canarios que eran los
más fanáticos cuando perseguían a los republicanos. Iban de celebración por
algo que había pasado en el frente de guerra en la península y nosotros
teníamos que controlar a las cabras pa que no se metieran delante porque más de
una vez me las habían matado de un tiro de máuser. Mi hijo que solo tenia 8
años les tenía mucho miedo, habíamos visto cosas terribles en esos barrancos
perdidos entre la montaña de Tauro y Linagua, matanzas, tiros en la cabeza,
gente enriscada vivos amarrados con las manos a la espalda. Yo le tapaba los
ojos al pobre Julián, el no entendía lo que pasaba, a pesar de la pobreza y de
la esclavitud en la que vivíamos antes del 36 nadie mataba a nadie, por eso
nunca supe que pasó después de aquel sábado de julio, cuando todos se volvieron
locos y empezaron a sacar a la gente de sus casas de madrugada pa tirarlos por
esos pozos del diablo en Guayadeque, Barranco de Tirajana o de La Aldea de San
Nicolás, también por los acantilados más hondos, por las simas y agujeros
volcánicos. Hasta las cabras se retiraban de la carretera de tierra cuando los
oían llegar en la distancia, iban cantando el «Somos costeros» el
«Yo te daré», el «Cara al sol o canciones a la Virgen del Pino
que era la patrona de la isla. Estaban enfiestaos, se veían las botellas de ron
del Charco por las ventanas y sus gritos de ¡Viva Franco! ¡Arriba España!
Nosotros nos quedamos sentados sobre las piedras gigantes entre los pinos más
antiguos y grandes, tapados con las mantas de lana de oveja por el frío de
aquel enero del 37, no nos movimos porque eran capaces de hacernos algo malo.
Las cabras los miraban y ellos miraban siempre con cara de desprecio, con mucho
odio a quienes éramos la gente mas humilde, los que lo único que hacíamos era
trabajar de sol a sol. Luego lo más terrible venía detrás de aquella procesión
del demonio, fue el camión con las muchachas encadenadas, casi desnudas, hijas
y esposas de presos y asesinados por aquellos criminales, las llevaban al
tenderete pa follárselas y la que se que negara la mataban allí mismo de un
tiro en la nuca. Conocí a dos de las niñas, iban llorando abrazadas, muy flacas
y pálidas, no mayores de quince años, eran las hijas de don Agapito Santiago,
el practicante que vivía con su familia en la subida de la montaña de Alsandara.
Me dio mucha pena porque sabía lo que iban a hacerles esa misma noche. Arriba
cuando iban llegando los coches tiraban voladores y también disparos al aire,
estaba hasta el Conde con la Marquesa y el jefe de Falange, el millonario
tabaquero de Las Palmas. Una parranda tocaba timples y también una orquesta, el
ruido de la música se oía en todos aquellos pagos entre Ayacata y Tejeda, el
chiquillo y yo lo escuchábamos acurrucados en una cueva comiendo queso duro y
gofio millo con leche, llovía mucho ese día y habíamos decidido pasar la noche
en la montaña…»
Fragmento de la
entrevista realizada a Antoñito Pestana López, pastor de cabras en Pajonales y
artesano cestero en los años del genocidio, entre 1936 y 1965 (Gran Canaria). Testimonio
recabado en agosto de 1991 en el barrio de El Tablero (San Bartolomé de
Tirajana) por Francisco González Tejera.

Imagen: Cabreros en Santa Lucía de Tirajana (Fuente: Federación de Salto del Pastor Canario)
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