30 septiembre 2020

La pesadilla que era realidad

Imagen: Juicio de Salamanca, fusilamientos falangistas de Ernest Descals

Imagen: Juicio de Salamanca, fusilamientos falangistas de Ernest Descals

Fragmento: Testimonio de Matías Yanes Mederos, prisionero tinerfeño en los campos de concentración de La Isleta y Gando entre septiembre del 36 y marzo de 1939, en el municipio de Tacoronte, Tenerife, en mayo de 1998.

«(…) Desde el barracón de los fusilamientos se escuchaban los villancicos en el cuerpo de guardia, un timple mal tocado, desafinado, llevaba sonando hacía varias horas entre las voces borrachas de militares y falangistas, todavía don Facundo el capellán no había llegado para dar la confesión a los que iban a ser pasados por las armas. Yo me dedicaba en ese tiempo a pensar en mis seres queridos, no pasaba de mi niña, intentaba acordarme de los demás familiares pero no podía quitarme a Matilde de la cabeza. Era como un pensamiento repetitivo, siempre las mismas imágenes, las mismas palabras, era lo que más me jodía, no poder criar a mi niña chica ¿Si tal vez se acordaría de mi? ¿Si su madre le hablaría cuando fuera grande de quien fue su padre? ¿De porqué lo mataron aquellas bestias del yugo y las flechas? Sentía unas ganas inmensas de levantarme, romper la puerta de un cabezazo y salir corriendo aunque me acribillaran a balazos, no podía imaginarme que en pocas horas me estarían dando el tiro de gracia sobre un charco de sangre.
Resultaba inevitable escuchar los llantos de los compañeros que iban a ser ejecutados, eran tres hombres de más de 50 años y un muchacho de no más de 16 años, dos anarquistas, dos comunistas y yo ¿Qué era yo? me preguntaba ¿Porqué me habían condenado a muerte? Eran preguntas que jamás se contestarían, yo lo sabía. No podía llorar como hacían los camaradas ¿Tal vez si hubieran brotado mis lágrimas todo hubiera sido distinto?
No quise hablar con el cura, el falange de la puerta dijo que si no me confesaba no podría escribir una nota de despedida a mi hija. El cura bramaba de rabia, ninguno de los que estábamos en aquella estancia de la muerte pasamos por su parafernalia criminal. Los paisanos lloraban pero eran valientes, no lo hacían por miedo, lloraban por lo que dejaban atrás. Los cuatro se plantaron ante el clérigo de la sotana negra, hasta el muchacho tuvo los cojones que muchos no tuvieron de no rendirse ante aquella institución cómplice de los miles de asesinatos.
Cuando nos sacaban con las manos amarradas a la espalda y veíamos al pelotón preparando sus armas me crucé con el teniente Lázaro, este sonreía como siempre que habían fusilamientos, llegaba mucho público por la explanada, gente de todas las edades, hasta niños que venían con banderas de España para disfrutar con la matanza. En el preciso instante que nos colocaban para ejecutarnos desperté entre sudores, aterrado de miedo, se olía la madrugada en la absoluta oscuridad. No me alivió la posibilidad de seguir vivo, más bien me inundó la tristeza al ver las literas vacías de mis compañeros, los que posiblemente seguirían prisioneros de mi pesadilla, los que jamás despertaron…»
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