22 enero 2022

Lágrimas en la escuelita

Pintura de Ernest Descals, sobre técnicas de tortura en la Escuela de Mecánica de la Armada Argentina

«Aquello era un escándalo día y noche, entrando y saliendo hombres, coches de Falange que traían a los detenidos de cada rincón de la isla, los gritos no nos dejaban dormir ni de madrugada, torturaban a todas horas, luego sacaban a los muertos en sacos de plátanos y los metían en los camiones de fruta de los ingleses».

Carmencita Vallejo Rodríguez, vecina de la calle Luis Antúnez en los años del genocidio.

Juan Lima, pasó por casualidad por la puerta del Colegio La Salle en la calle Luis Antúnez de Las Palmas GC, de repente fue como si el mundo se le viniera encima, le temblaron las piernas y se quedó helado, mirando su entrada desde la acera de enfrente, la gente entraba y salía: madres con sus niños, profes que portaban carpetas, varios operarios que sacaban los paneles de una exposición sobre conocimiento del medio.

Al pobre Juan se le quedó negra la vista, vio hombres colgados por los ojos, las navajillas de Alfredo Rivas, de Juan Pintona, de Eufemiano Fuentes y de otros falangistas muy conocidos descuartizando la carne de sus compañeros, abriéndolos en canal, los gritos que no eran gritos, sino alaridos de dolor que se escuchaban desde la playa de Las Alcaravaneras hasta el barrio de Guanarteme, el olor a sangre, a carne humana descompuesta, a vísceras que tenía que fregar y recoger en unos baldes de madera.

El «movimiento» de la comisaría de Falange, solo igualado por el del Gabinete Literario, centros de tortura y exterminio en el centro de la ciudad, espacios para el horror por donde pasaron cientos de hombres y mujeres para ser masacrados, destrozados en días de sufrimientos inimaginables.

A Lima le dio por cruzar la calle, subir la escalera, pararse en el zaguán mirando los techos desconcertado, las salas donde tanto dolor se generó reconvertidas en aulas de primaria o secundaria, la oficina del requeté, Santiago Samsó, ahora de la Jefa de Estudios, donde se clasificaba a los detenidos, a los que iban a forzarle declaraciones que luego tenían que firmar mientras le cortaban la piel a latigazos, o los que ya directamente iban hacia la muerte, pasando muchas horas colgados por las piernas boca abajo, los chillidos de las mujeres, algunas casi niñas, mientras eran violadas en grupo, el ahorcamiento como práctica habitual en los salones del fondo, donde tenían las sogas amarradas al techo, los ahorcaban despacio, los iban subiendo poco a poco, para que sufrieran, primero les despegaban los pies del suelo, los volvían a soltar, los volvían a subir, así más de media hora, hasta que los dejaban colgados hasta la muerte por asfixia, en ese instante lo llamaban para fregar los meados de los muertos.

Pensó en que su peor condena fue que no lo mataran, sino que lo utilizaran como limpiador del centro de tortura, era peor ver sufrir y morir que seguir vivo.

Entonces una chica joven lo tocó por la espalda con suavidad:

-¿Necesita algo caballero?-

-¿A buscar alguna nietilla?- le dijo.

Juan se le quedó mirando, la chica tenía los ojos azules y una sonrisa preciosa, le recordó a su novia de Los Arenales, a Dolores Lorenzo, la que también fue desaparecida en la Sima Jinámar.

El viejo casi no pudo articular palabra:

-Es que yo estuve trabajando aquí- dijo con una voz casi inaudible.

-Es que este lugar me trae muchos recuerdos- volvió a susurrar mientras le caían sus lágrimas por la mejilla.

La maestra lo tomó del brazo con cariño:

-Tranquilo hombre no pasa nada, puede estar aquí, no he venido a echarlo-

Juan con la cabeza gacha, se despidió con media sonrisa, cojeando se dirigió a la puerta sin parar de llorar, la mujer se acercó a la salida, lo vio perderse entre los padres que recogían a sus hijos, entre el bullicio de los coches, jamás volvió a verlo.