23 octubre 2021

Las manos de Rosario en las manos de Carmela

Imagen: Desfile falangista por la calle León y Castillo, Las Palmas de Gran Canaria, febrero de 1937.

Sánchez se obsesionó con la joven Carmela, la iba a buscar cada tarde a sus clases de costura desde que había venido herido de la guerra, la esperaba aunque la muchacha lo evitaba y salía corriendo si el fascista intentaba subirla a su coche negro, uno de los vehículos que usaban en Tamaraceite para ir a las casas de los hombres y mujeres que asesinaban y desaparecían. Las compañeras la acompañaban a la salida para ayudarla ante el brutal acoso del condecorado jefe falangista, pero Sánchez se las arreglaba para quedarse a solas con ella en plena calle, la diferencia de edad, más de veinte años, no le era óbice para perseguirla, el problema principal era que la chiquilla tenía un hermano asesinado, los fascistas Santos, Bravo, Penichet, Acosta, Pernía y el mismo Sánchez lo sacaron de su casa en La Montañeta el domingo 19 de julio, aquel coche negro llegó a toda velocidad y se aparcó violentamente en la puerta de la humilde vivienda cerca de El Puente, el mismo modus operandi de cada detención, luego bajaban como fieras armados con pistolas Astra y comenzaban a golpear la puerta, si nadie respondía la echaban abajo en menos de cinco minutos. 
Así se llevaron al pobre Joselillo que no tenía más de veinte años, lo sacaron a la fuerza, a golpes y patadas, no lo dejaron ni vestirse y se lo llevaron en calzoncillos y descalzo al pozo de la Finca de «Las Maquinas» de Los Betancores, cercana a los acantilados de Los Giles. Allí lo arrojaron vivo junto a dos hombres más que habían traído desde los pagos de Tenoya y Jacomar.
Ese acontecimiento dejó muy marcada a Carmela y a toda su familia, vivían en un luto permanente, su madre enfermó de lo que llamaban «enfermedad del alma» y amaneció muerta una mañana, su padre estaba detenido desde el 28 de julio del 36 en el campo de concentración de La Isleta, la muchacha se quedó con la sola compañía de su hermanito Berto, que tenía ocho años, ella lo cuidaba como si fuera su hijo, pero esa situación de soledad hizo que el fascista Sánchez intentara por todos los medios seducirla a la fuerza.
La noche del 12 de septiembre de 1936, pocos meses después del golpe de estado, dos hombres tocaron en la puerta de la chica, uno era el sacristán de San Lorenzo, un tal Ojeda, el otro un emisario falangista vecino de El Dragonal conocido por Julio «El carnicero», entregando una nota a Carmela, donde decía que tenía que presentarse el sábado 19 en la casa del fascista. 
La muchacha se quedó destrozada, sabía que si no se presentaba podría pasarle algo a su padre, que aquellas bestias eran capaces de todo, muy afligida al día siguiente fue a la casa de Rosarito «La Negra» que vivía en una cueva cercana, le contó su grave problema, la mujer se mostró indignada y le dio un fuerte abrazo, las dos lloraron juntas un buen rato hasta que sus corazones se apaciguaron en el dolor. 
Al día siguiente Rosario se presentó en la casa del jefe falangista, el fascista se mostró extrañado, la mujer le dijo que lo que quería hacer era un escándalo, que ella se encargaría de pregonarlo casa por casa, el fascista la tomó del brazo con fuerza y la lanzó contra la pared entre gritos y blasfemias, «La Negra» se recompuso y le dijo que ella prepararía a la muchacha con la condición de que antes se acostara con ella, en ese instante el hombre la tomó por la cintura y comenzó a besarla en el cuello, ella notaba su lengua babosa, las mordidas, el mal aliento del asesino, una mezcla de ron aldeano y pescado podrido, sintió mucho asco y se dejó hacer, el falangista la arrastró al camastro en la habitación de al lado, le subió el vestido y empezó a tocar su sexo, ella le comenzó a bajar los pantalones, el se recostó boca arriba con los ojos cerrados esperando la boca de la mujer, Rosario sacó del escote una navaja sevillana de grandes dimensiones, muy afilada y de un corte limpio y preciso le arrancó los testículos y el pene. 
Los gritos de Sánchez se escucharon en toda la carretera, hasta un camión de la Marquesa de Arucas cargado de plátanos se detuvo cerca del cruce con San Lorenzo, Rosario le dijo:
-No te corto el pescuezo hijo de la gran puta porque quiero que sepas lo que sufrimos las familias de los que asesinaste-
Sánchez recogió del suelo sus órganos y trató de colocárselos, como si fuera posible pegarlos entre la enorme hemorragia, Rosario salió tranquila, cabeza alta, después de limpiarse su sangre de los muslos y la cara. Caminó con paso firme carretera arriba ante las miradas atónitas de los vecinos.
No hubo denuncias, nadie fue a buscar a «La Negra», Sánchez no salió más de su casa, intentó durante muchos años
suicidarse tirándose por la ventana, sus familiares lo retenían, lo agarraban en los momentos de crisis, su prima Fefina le decía:
-Vive como un hombre cabrón tú que tanto daño hiciste, no te quites la vida y sufre como buen cristiano todo el dolor que causaste-
Él la miraba en silencio, se cagaba encima con apenas sesenta años, le caían las babas, no salía de su refugio por vergüenza, por eso no dijo nunca nada, aunque todo el pueblo lo supiera.