26 septiembre 2020

Las manos de Rosario en las manos de Carmela

Sánchez se obsesionó con la joven Carmela, la iba
a buscar cada tarde a sus clases de costura desde que había venido herido de la
guerra, la esperaba aunque la muchacha lo evitaba y salía corriendo si el
fascista intentaba subirla a su coche negro, uno de los vehículos que usaban en
Tamaraceite para ir a las casas de los hombres y mujeres que asesinaban y
desaparecían. Las compañeras la acompañaban a la salida para ayudarla ante el
brutal acoso del condecorado jefe falangista, pero Sánchez se las arreglaba para
quedarse a solas con ella en plena calle, la diferencia de edad, más de veinte
años, no le era óbice para perseguirla, el problema principal era que la
chiquilla tenía un hermano asesinado, los fascistas Santos, Bravo, Penichet,
Acosta, Pernía y el mismo Sánchez lo sacaron de su casa en La Montañeta el
domingo 19 de julio, aquel coche negro llegó a toda velocidad y se aparcó
violentamente en la puerta de la humilde vivienda cerca de El Puente, el mismo
modus operandi de cada detención, luego bajaban como fieras armados con
pistolas Astra y comenzaban a golpear la puerta, si nadie respondía la echaban
abajo en menos de cinco minutos. 
Así se llevaron al pobre Joselillo que no tenía
más de veinte años, lo sacaron a la fuerza, a golpes y patadas, no lo dejaron
ni vestirse y se lo llevaron en calzoncillos y descalzo al pozo de la Finca de
«Las Maquinas» de Los Betancores, cercana a los acantilados de Los
Giles. Allí lo arrojaron vivo junto a dos hombres más que habían traído desde
los pagos de Tenoya y Jacomar.
Ese acontecimiento dejó muy marcada a Carmela y a
toda su familia, vivían en un luto permanente, su madre enfermó de lo que
llamaban «enfermedad del alma» y amaneció muerta una mañana, su padre
estaba detenido desde el 28 de julio del 36 en el campo de concentración de La
Isleta, la muchacha se quedó con la sola compañía de su hermanito Berto, que
tenía ocho años, ella lo cuidaba como si fuera su hijo, pero esa situación de
soledad hizo que el fascista Sánchez intentara por todos los medios seducirla a
la fuerza.
La noche del 12 de septiembre de 1936, pocos
meses después del golpe de estado, dos hombres tocaron en la puerta de la
chica, uno era el sacristán de San Lorenzo, un tal Ojeda, el otro un emisario
falangista vecino de El Dragonal conocido por Julio «El carnicero»,
entregando una nota a Carmela, donde decía que tenía que presentarse el sábado
19 en la casa del fascista. 
La muchacha se quedó destrozada, sabía que si no
se presentaba podría pasarle algo a su padre, que aquellas bestias eran capaces
de todo, muy afligida al día siguiente fue a la casa de Rosarito «La
Negra» que vivía en una cueva cercana, le contó su grave problema, la
mujer se mostró indignada y le dio un fuerte abrazo, las dos lloraron juntas un
buen rato hasta que sus corazones se apaciguaron en el dolor. 
Al día siguiente Rosario se presentó en la casa
del jefe falangista, el fascista se mostró extrañado, la mujer le dijo que lo
que quería hacer era un escándalo, que ella se encargaría de pregonarlo casa
por casa, el fascista la tomó del brazo con fuerza y la lanzó contra la pared
entre gritos y blasfemias, «La Negra» se recompuso y le dijo que ella
prepararía a la muchacha con la condición de que antes se acostara con ella, en
ese instante el hombre la tomó por la cintura y comenzó a besarla en el cuello,
ella notaba su lengua babosa, las mordidas, el mal aliento del asesino, una
mezcla de ron aldeano y pescado podrido, sintió mucho asco y se dejó hacer, el
falangista la arrastró al camastro en la habitación de al lado, le subió el
vestido y empezó a tocar su sexo, ella le comenzó a bajar los pantalones, el se
recostó boca arriba con los ojos cerrados esperando la boca de la mujer,
Rosario sacó del escote una navaja sevillana de grandes dimensiones, muy
afilada y de un corte limpio y preciso le arrancó los testículos y el pene. 
Los gritos de Sánchez se escucharon en toda la
carretera, hasta un camión de la Marquesa de Arucas cargado de plátanos se
detuvo cerca del cruce con San Lorenzo, Rosario le dijo:
-No te corto el pescuezo hijo de la gran puta
porque quiero que sepas lo que sufrimos las familias de los que asesinaste-
Sánchez recogió del suelo sus órganos y trató de
colocárselos, como si fuera posible pegarlos entre la enorme hemorragia,
Rosario salió tranquila, cabeza alta, después de limpiarse su sangre de los
muslos y la cara. Caminó con paso firme carretera arriba ante las miradas
atónitas de los vecinos.
No hubo denuncias, nadie fue a buscar a «La
Negra», Sánchez no salió más de su casa, intentó durante muchos años
suicidarse tirándose por la ventana, sus familiares lo retenían, lo agarraban
en los momentos de crisis, su prima Fefina le decía:
-Vive como un hombre cabrón tú que tanto daño
hiciste, no te quites la vida y sufre como buen cristiano todo el dolor que
causaste-
Él la miraba en silencio, se cagaba encima con
apenas sesenta años, le caían las babas, no salía de su refugio por vergüenza,
por eso no dijo nunca nada, aunque todo el pueblo lo supiera.

Imagen: Desfile falangista por la calle León y Castillo, Las Palmas de Gran Canaria, febrero de 1937.
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