30 septiembre 2020

Los pájaros que se fueron

Jastrebarsko campo de concentración fascista infantil en territorio del Estado Independiente de Croacia

El angelito estuvo unas horas en el camastro donde dormíamos los tres hermanos, allí yacía con la cabecita rota, los herrerillos, los canarios del monte, los palmeros y los pintos que cada día nos cantaban y que venían como locos en el aire haciendo piruetas desde el estanque de Machado desaparecieron como si también estuvieran de luto.

Lorenzo González García

«(…) Aparte de la tristeza de que aquellas bestias fascistas hubieran asesinado al bebé Braulio, lo más que me llamó la atención en las pocas horas que nos dejaron de velatorio antes de partir caminando hacia el cementerio de San Lorenzo con la cajita, fue que los pájaros desaparecieron, desde el amanecer del 25 de diciembre del 36 no había ni uno, no se escuchaban aquellos cantos que eran parte de nuestra vida, no se posaban en la vieja higuera centenaria, tampoco venían a los bebederos que tu padre Diego y tus tíos Paco y Lorenzo, les tenían puestos en unos platos de barro, ninguno venía. El pobre Lorenzo lo dijo y era el más chico:

-¿Titi Rosa hoy no hay pajaritos? preguntó con su vocecita de niño de tres años.

-Mi niño es que se fueron a acompañar el alma de Braulito, estarán ahora llegando al cielo, a su nueva casa, rodeado de pájaros pequeñitos de todas las especies que hay en el mundo que lo picotean suavemente jugando con él.

Los demás chiquillos asentían, Lorenzo se quedó más tranquilo, dentro de lo que suponía que los falangistas nos hubieran quitado lo que más queríamos en el mundo, aquel niño pequeñito que estaba todavía descubriendo el mundo, allí acostadito, pálido, con las manitas en el pecho, con la cabeza abierta del golpe que le dio el fascista, cuando lo sacó de la cuna y lo lanzó violentamente contra la pared de picón de la habitación.

Aquellos pájaros ya no volvieron, tuvimos que quitar los bebederos, tenían miedo de acercarse al lugar del crimen, a la vieja casa de la Carretera General de Tamaraceite, ya no escuchamos más sus cantos tan alegres, ni sus juegos entre la higuera y el drago, solo el silencio más terrible nos acompañó hasta el final de nuestros días…»

Testimonio de mi tía-abuela Rosa García López, conversación mantenida el 12 de marzo de 1976 en su humilde casa de El Puente, Tamaraceite.

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