26 mayo 2022

Los susurros de Frasquita

Lola y sus hermanos en 1939 (Archivo familiar)

«Se llevaron al pobre Carlos Mortes en Tamaraceite la misma noche del 20 de julio, luego fueron muchos más y no los volvimos a ver, aquellos asesinos convirtieron nuestro municipio en un río de sangre».

Domingo Valencia

Desde la detención de Juan Tejera Pérez, los falangistas comenzaron con el acoso en la casa de Tamaraceite, Frasquita estaba sola con hija Lola y sus hijos, Manolo, Juan y José; llegaban a media noche borrachos como cubas y golpeaban la puerta con sus armas:

-Abre puta roja pa que conozcas hombres de verdad, no mariconas comunistas como tu marido- le decían ante el terror de los chiquillos que pensaban entre llantos silenciosos que iban a entrar en cualquier momento.

Tamaraceite era un desconcierto generalizado con falangistas en sus calles y una juerga constante tras saquear las tiendas de aceite y vinagre que ellos consideraban regentadas por republicanos, el alcohol corría sin límite celebrando el golpe de estado y la matanza generalizada que se estaba produciendo en cada rincón de la isla: Sacas, paseíllos, ejecuciones, tiros en la nuca en cualquier lugar público, en los pozos, en los agujeros volcánicos, en aquel mar ya rojo de sangre de tantos de sus hijos arrojados dentro de sacos.

Francisca, decidió migrar de su vivienda la madrugada del 17 de septiembre del 36 con un saquito con sus cosas, su hermana Victoria la acogió en la casa cueva de La Montañeta, allí tenía refugio y protección temporal ante el desconcierto de los nazis que veían la casa desocupada, vacía, tan solo las dos cabras de Juan y el perro ratonero «Sálitre», que allí se quedaron solos entre las tuneras y los escasos frutales.

Estuvieron escondidos más de seis meses sin salir, hasta que se fue calmando la euforia fascista, allí en la profunda caverna recibieron la noticia de los fusilamientos del alcalde, Juan Santana Vega y sus camaradas, el asesinato del niño Braulio, la desaparición forzada de gran parte de los militantes de la izquierda de este humilde pago grancanario.

Frasquita. nunca olvidó aquel horror, se le quedó la voz cortada por el horror, siempre hablaba entre susurros, aunque mantuvo aquella sonrisa y unos ojos brillantes como el azul del cielo.