24 septiembre 2021

Manada de traidores

Visita del genocida General Franco a Teror. 27/10/1950

 «Nuestros ojos libres hoy son capaces de ver lo que ayer nuestra condición de esclavos coloniales nos impedía observar: que la civilización occidental esconde bajo su vistosa fachada un cuadro de hienas y chacales».

Ernesto Guevara de la Serna

La sede de Falange de la calle Albareda en Las Palmas se empezó a llenar de colas de hombres, era lunes 20 de julio del 36 y desde las cinco de la mañana las demandas de filiación eran masivas, resultaba curioso encontrar a supuestos revolucionarios de toda la vida, sobre todo en su mayoría de gente rica, apellidos muy conocidos de la nobleza isleña.

Lo más triste es que mientras estaban matando a miles por toda la isla, había traidores que cogían el carné de aquellos nazis, luego algunos ocupaban puestos relevantes, como jefes de prensa y propaganda, escribiendo artículos en medios locales que revolvían las tripas.

De repente eran más azules que nadie y el rojo era un color sanguinario, feo, «enemigo de la Santa Cruzada».

Los pistoleros falangistas acogían aquella demanda con alegría, el tuerto brigadier, Sagasta de Ilurdoz, aplaudía al fondo de la sala la llegada de nuevos afiliados:

-Estamos arrasando camaradas, crecemos por el bien de la unidad de España y el exterminio tan necesario de rojos y sus mujeres, que no queden ni sus hijos, su extirpe daña nuestros valores nacionales y católicos- decía en sus arengas entre botellas de ron aldeano y tapas de queso y carne compuesta, requisada del bar El Puerto, que estaba en la trasera de la calle Juan Rejón.

Era curioso ver tantas caras conocidas, que hasta hacía unos días eran militantes del Partido Comunista o de la Federación Obrera.

Se metían de lleno en una organización fascista que estaba asesinando a miles de compañeros por toda la isla, la mayor de las traiciones donde el miedo nunca fue excusa para ser escorias andantes, felices, del brazo de sus mujeres, yendo a misa con el uniforme azul del yugo y las flechas.

Por eso Ramón Domínguez Ramos, el vecino de San Roque que le faltaba una pierna, más conocido como «El Pardelera», por sus antiguas habilidades en la lucha canaria, no pudo contenerse el domingo 26 de julio del año más sedicioso de la historia de España, cuando vio llegar a muchos desde su puesto de sardinas frescas en la Plaza de Santa Ana, diciéndole a uno que presumía de poeta comunista, mientras entraba a la explanada delante de la catedral del brazo de su esposa, luciendo varias condecoraciones en el pecho, que no tenía tiempo de haber ganado, andando con aire marcial, sonriendo y charlando alegremente con el criminal fascista, Alfredo Rivas:

-Falso poeta, machango, hijo del diablo, qué bien se traiciona a tus camaradas cobarde. Te aferras a esos asesinos para salvar tu vida, sabiendo a la perfección que ahora mismo están matando a miles de compañeros-