14 agosto 2020

Morada de malicia

Pintura de Frida Kahlo, "Unos cuantos piquetitos", denuncia de los feminicidios y la violencia sexual en América Latina.

Nos hacían de todo lo que una mente enferma puede imaginar, eran asesinos con uniforme, y manos suaves, de no haber trabajado en su vida, disfrutaban con nuestra inocencia, con el inmenso dolor que nos hacían sentir.

María Rosa Cruz Alvarado

«(…) Lo que le gustaba al jodido «chupasangre» eran las muchachas jóvenes y si eran vírgenes mejor, por eso estaba atento cuando alguno de los asesinados tenía hijas de poca edad, enseguida mandaba a sus comisarios de Falange en busca de las chiquitas, se movían en un coche negro enorme marca Ford, también acudía una mujer vestida de azul con el yugo y las flechas en el pecho, era canosa, como de cincuenta años, con aspecto de ser una señorona de Adoración y Rosario diario, se presentaban en cada casa y si había resistencia por parte de las madres prácticamente las secuestraban o las sacaban a la fuerza, por eso iban de noche, después de las diez, así evitaban la posible presencia de vecinos curiosos si había escándalo. Luego se las llevaban a la casa de Las Meleguinas, donde Jiménez Sánchez tenía el chalé que todo el mundo sabía que era de Eufemiano Fuentes, los dos tal vez se repartían el preciado «botín», pero no era solo aquel ratón de iglesia aficionado a la historia, también se veía a otros fascistas llegar a la mansión, gente de la nobleza, del Condado del sur, hasta familiares de la Marquesa, junto a militares de alta graduación como Nicolás Cabrera, el teniente coronel, José María del Campo, el comandante, Félix Ramón, el coronel José Samsó y otros con los brazos llenos de galones y las manos manchadas de la sangre de cientos de fusilados y desaparecidos. El joven Chano era el que organizaba la orgías, pero por allí pasaban muchos: -Es puro caviar con champán francés- decía uno de los hijos del jefe falangista Antonio Barber. Por aquella casa vimos a muchas niñas, tenían la capacidad de taparlo todo, de hacerlo discreto, para que no llegara a oídos del Obispo Pildaín, no tenían miedo, pero se cuidaban las espaldas por lo que pudiera suceder en el futuro. Yo las veía llegar con las caras desencajadas, algunas con heridas y los vestidos manchados de sangre. Dentro se oía música, olor a carne asada, a sancocho con mojo rojo y mucho alcohol, también los gritos de las muchachas, alaridos de dolor. Aquellas bestias sedientas no perdonaban una, disfrutaban de su poder, mientras en la isla se asesinaba a miles de hombres, las chiquillas sufrieron algo peor que la muerte, la violación de sus cuerpos, la humillación por parte de aquellos criminales…»

Testimonio de Lolita González Pérez, criada de la familia Fuentes entre los años 1928-1941.

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