2 diciembre 2020

Octavilla del odio

Imagen: Falangistas armados en el Parque San Telmo (Las Palmas GC) 1936 (archivo municipal Arucas).

«Los Giles por su aislamiento y soledad, era el lugar ideal para torturar sin que se oyeran los gritos, los golpes, las patadas, allí nos dieron leña de mala manera antes de llevarnos al Gobierno Militar.» Domingo Valencia

«(…) Un avión recorría todos los pueblos de la isla lanzando una octavilla donde se decía que quien resistiera el golpe de estado sería fusilado de forma fulminante, en ese instante ya estábamos detenidos, no nos dio tiempo ni de intentar limpiar la plaza de Guía de aquella basura, nos tuvieron varias horas dentro del camión en el cruce de Piso Firme, éramos más de treinta hombres y dos mujeres, todos de Gran Canaria menos yo que era de Tenerife, el nuevo delegado gubernativo el Sargento de la Guardia Civil, Olegario Rodríguez Joaquín, no paraba de recorrer el camino de tierra de arriba abajo hablando con el Comandante Bartolomé Guerrero Benítez, el Capitán Espejo y el Teniente Benjumea , acababan de desembarcar en Sardina junto con los militares y falangistas del cañonero Arcila, el objetivo de la misión era acabar con cualquier resistencia al alzamiento fascista. El aspecto de Rodríguez intimidaba solo de verlo porque medía más de 1,90 de estatura y pesaba más de 120 kilos. Se había hecho famoso por sus duros métodos para resolver los conflictos entre los jornaleros y patrones durante las huelgas posteriores a febrero de 1936, por este motivo fue cesado por el gobernador civil republicano meses antes del 18 de Julio. Todos los compañeros sabían que era un asesino, por eso cuando dio la orden de que el camión avanzara hacia Las Palmas nos pareció un alivio, pero luego lo vimos como se subía a uno de los coches que encabezaba la caravana de la muerte. Llegando a Tenoya escuchamos varias ordenes a gritos y el camión se paró, para luego volver a avanzar y meterse por una carretera de tierra hacia Los Giles. Tras más de media hora de camino el vehículo se salió de la carretera y se adentró en una explanada donde solo había aulagas y tomateros secos, ya eran más de las doce de la noche. Allí nos bajaron a todos a golpes y nos pusieron en formación de a dos, miré de reojo y vi a los compañeros, todos obreros, en su mayoría gente joven, menos el maestro de Gáldar que ya venía muy tocado por el maltrato, le habían arrancado la lengua en uno de los coches de los falanges. Entonces vimos a un personaje conocido como el «Verdugo de Tenoya», famoso por el manejo de la pinga de buey. Se quedó mirando para otro jefe falangista llamado Ezequiel Betancor y le dijo: -Mi amo les empiezo ya a pegar- Todos los policías y falangistas se rieron a carcajadas porque la voz del verdugo era ronca y parecía tartamudo hablando. Entonces Betancor lo miró y con la cabeza le dijo que empezará a darnos latigazos, aquello fue terrible, vi como la carne de los que estaban en primera fila se descuartizaba, vi ojos volando, la ropa y piel cayendo al suelo de picón, no podíamos defendernos, ni casi esquivar la pinga porque estábamos con las manos amarradas a la espalda, cuando me dio a mi noté como se me soltaba la carne, mi espalda parecía que la estaban quemando con un lanzallamas, la ropa se nos destrozó enseguida, varios compañeros ya estaban muertos en el suelo. El verdugo paró un momento, miró a Ezequiel como si sintiera lastima de nosotros y dijo: -Les sigo pegando mi amo- El cacique de la poderosa familia Betancor le dijo que parara y se quedó mirando para el Sargento Olegario, el Guardia Civil dijo que nos subieran al camión y que los muertos los tiraran al pozo de la finca de Las Máquinas. Mientras subí como pude al camión vi que había más de diez fallecidos, daba miedo verlos destrozados en aquella media oscuridad gracia a la luz de la luna llena. De allí nos llevaron al campo de concentración de La Isleta, el camión parecía medio vacío cuando recorríamos la barriada de Guanarterme y la playa de Las Canteras, todos en silencio, nos mirábamos, sabíamos que habíamos vuelto a nacer…»

Testimonio de Domingo Plasencia Abreu, preso político en los campos de concentración de Gran Canaria, entre los años 1936-1948.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 25 de enero de 1998, en el barrio de San Andrés, Santa Cruz de Tenerife.

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